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La hija de Wendy

Uno de los finales más tristes que yo jamás leí es el final de Peter Pan. El tiempo pasa, y pasa para todos, Wendy crece y se hace toda una mujer, y tiene una niña que se parece a ella… cuando se escapaba con Peter Pan. Una noche, pasado mucho, mucho tiempo, desde la última vez que se vieron, Peter Pan irrumpe en la habitación de Wendy para buscarla… para llevársela de nuevo a Nunca Jamás. Pero el tiempo no pasa en balde. Wendy no es una niña. Cuando él le dice: “Vengo a por ti”, ella le dice: “No des la luz”, por que dar la luz supone enfrentarse a la jodida certeza de que hemos crecido. Alguien entró de golpe en la habitación y encendió la luz…
Ismael Serrano (Si Peter Pan Viniera [versión en directo])

Alguien entró de golpe en la habitación y encendió la luz. Allí estaban, de pie bajo el marco de la puerta, los trece años y medio de Sara. Había oído ruidos en la habitación de sus padres, no era la primera vez que los oía hacer el amor, pero ese día les habría resultado tremendamente difícil, puesto que su padre, el marido de su madre y el que solía follársela todas las noches estaba de viaje de negocios.
- ¿Mamá?
Su madre pegó un bote de la cama. Estaba abrazada a un hombre. Estaba abrazada a un hombre que NO era su padre. Estaba abrazada a un completo desconocido.
- ¡Sara!- La madre se levantó rápidamente de la cama. El hombre se quedó parado en el sitio, mirando a la puerta. Miraba fijamente a esa niña que le había hecho retroceder veintitrés años en el tiempo. La madre empujó a Sara hacia atrás y cerró la puerta. Apoyó la espalda en la puerta del dormitorio, como si quisiera detener el asedio a un castillo. Lentamente, se fue derrumbando, bajando su cuerpo hasta quedarse sentada en el suelo. Lágrimas furtivas comienzan a bajar por sus mejillas. El hombre que estaba bajo sus sábanas se acerca para consolarla. Ha tenido tiempo para ponerse unos calzoncillos que ocultan su miembro. - Tranquila Carol, no ha visto casi nada.- Su amante le pone la mano en la mejilla, acariciándola. Carolina no contesta. Casi nada. A lo mejor ‘casi nada’ lo es todo. Su hija ha visto como engañaba a su marido, al padre de la niña. Ella sabía que estaba mal desde que se lo encontró en el bar, desde que él se le acercó con una mueca de sorpresa en la cara.
- ¿Carolina?- le había preguntado.- ¡Coño Carol! ¿Te acuerdas de mí? ¡Soy Berto! Carolina se le había echado al cuello. ¿Cómo iba a olvidarlo? Ese fue el hombre que la desvirgó, suavemente, con cariño. Fue el primer hombre con el que gozó en una cama, el primero que la besó, y el primero que conoció los secretos de su cuerpo. Así, entre copa y copa, hablando del pasado, Berto se había enterado de que ella se había casado y que tenía una hija.
- Pero seguro que no es tan guapa como su madre.- Berto hablaba con un destello sensual en los labios. Habían pasado veintitrés años y aún seguía con ese brillo sensual en los labios que la había cautivado cuando no era más que una cría.
- Veo que tu sonrisa no ha cambiado, sigues con la misma.
- Y yo veo que te has cortado el pelo. Me gustaba más antes, cuando lo tenías más largo, por que me recordabas a…
- A Wendy y tú a Peter Pan- Carolina acabó la frase por él y los dos estallaron en una risa conjunta.
- ¡Aún te acuerdas!
- ¿Cómo olvidarme? Yo era una jovencita con el pelo rubio y largo, tú un jovencito pelirrojo que se comportaba como un niño, y tu madre nos decía que éramos como Wendy y Peter Pan.
- Hasta el día que te llevé al país de Nunca Jamás.- le susurró Berto al oído de Carolina.
Carolina le dio un golpe en el hombro. Una cosa era no querer olvidar, otra muy distinta, querer recordar.
Pidieron otra copa, y luego otra, y luego otra, así hasta que ella acabó convencida de que quería acostarse otra vez con ese hombre. Lo llevó al portal de su casa, y mientras subía le dijo. - Espérame aquí.- Berto accedió y la dejó subirse no sin antes besarla en la boca como hacía cuando tenía quince años. No tardó en ver salir a una jovencita de unos veinte años de edad, bastante guapa y que Berto imaginó que sería la canguro de la hija de Carolina. Entonces oyó una voz por el interfono que le dijo que subiera. No necesitaba que le dijera el piso, ni la puerta, lo recordaba como si hubiera sido ayer. Pero había sido hace ya veintitrés años. Hacía ya veintitrés años que un jovencito de quince subía las escaleras besándose con una dulce jovencita de trece años para desvirgarse mutuamente en la casa de ella, que estaba vacía por que su familia estaba en el entierro de un amigo del padre que Carolina no conocía. Sus padres en otra ciudad enterrando a un amigo y la hija en su casa enterrada bajo algo más que un amigo. Veintitrés años habían pasado desde que la pequeña Carolina le abriese la puerta de su casa primero y de su habitación después y le dijera “¡Bienvenido al país de Nunca Jamás, Peter Pan!”. Veintitrés años desde que un pequeño borrón de sangre amanecía bajo los dos cuerpos desnudos de dos adolescentes que acababan de conocer las delicias del sexo. Ahora, veintitrés años después, Carolina había vuelto a abrirle la puerta, poniéndole un dedo en la boca para que no hablara por que podían despertar a la pequeña Sara. Cuando llegaron a la habitación de matrimonio y empezaron a desnudarse, Berto pudo comprobar que el tiempo no pasaba en balde y que Carolina era una mujer despampanante llena de curvas y de olor de mujer. Nada que ver con aquella jovencita que le abrió su casa hace veintitrés años. Carolina había crecido y Berto también, pero el sexo no lo había hecho. El sexo seguía siendo un niño chico que se despierta de noche entre dos cuerpos desnudos y que no conoce razones ni moral.
Habían estado disfrutando, con la luz apagada a petición de Carolina. Ella lo prefería así por que así seguía soñando que el tiempo no había pasado y que seguían siendo unos niños de trece y quince años. Pero no era así, el tiempo había pasado y Carolina lo supo cuando encendieron la luz. Allí estaba su hija, vestida con un camisón blanco de flores, viendo como su madre se revolcaba como una puta con alguien que no era su marido. Allí estaba su hija, recordándole que había crecido y que ya nunca volvería a ser una niña de trece años.
- Por favor, márchate- Carolina hablaba entre sollozos, pero Berto no quería irse dejando a su pequeña Carolina llorando. - Pero… Carol…
- ¡MÁRCHATE!- eso fue una orden.
Carolina se levantó y abrió la puerta, aún desnuda, mostrándole el camino que debía coger.
- ¡Mierda! ¡Mierda, mierda y mierda!- Berto no sabía a quién ni por qué maldecía, pero sólo tenía ganas de eso, de maldecir y de gritarle a la noche. Sin dejar de blasfemar se puso la ropa y salió por la puerta de la habitación. Pasó por delante de la habitación de la niña, y la vio sentada en la cama, vestida sólo con un pequeño camisón, mirando con ojos grandes y negros a la puerta. Berto no le dirigió ninguna palabra, pero al llegar al recibidor, vio un llavero en un frutero que había, presidiendo un mueble. Sin que nadie le viera, las cogió y se marchó de la casa. Llegó a un bar, y se pidió un café irlandés. Mientras lo apuraba, seguía maldiciéndose.
Esa noche no pudo dormir. Seguía pensando en Carolina, en la de ahora y en la de hace veintitrés años. La recordaba como si no hubiera pasado el tiempo. Ojos negros, pelo rubio, muy largo, que le llegaba casi hasta la cintura. Labios finos, nariz respingona, boquita risueña... Igualita que Sara. Al ver a la hija de Carolina le pareció que algún científico loco lo había metido en una máquina del tiempo sin su consentimiento. Eran como dos gemelas de diferente generación. Se pasó toda la noche dándole vueltas a las llaves en la cama. Un pensamiento demasiado recurrente es el peor enemigo del sueño. Necesitaba hablarlo con Carolina, pero cualquiera se le acercaba ahora que su cerebro estaba en plena crisis moral. También necesitaba hablarlo con Sara. Eso estaría incluso más difícil. Su madre no le dejaría acercarse a ella, y mucho menos ahora que les había visto haciendo el amor. Sara lo vería como un hijo de puta que quería sustituir a su padre. Sin embargo, tenía que hablar con ella, no sabía lo que le iba a decir, pero tenía que hablar con ella.
El despertador sonó y Berto todavía no había cerrado los ojos. Nunca se acordaba de desconectar la alarma los fines de semana, y el reloj sonaba todos los sábados y domingos a la misma hora que el resto de los días, como si el sábado y el domingo fueran iguales que el martes o el viernes. Hoy era sábado. Por lo que Carolina le había contado ayer en el bar, ella hacía el turno de tarde los sábados en la frutería en la que trabajaba. Si no recordaba mal, esa frutería quedaba algo alejada de la casa de Carolina y Sara y tenía un horario de tarde desde las tres hasta las ocho y media. Eso eran cinco horas y media. Seis, si los cálculos mentales que había hecho y que daban un tiempo de quince minutos para cada desplazamiento, no le fallaban.
Berto estuvo rondando toda la mañana la casa de Carolina. Comió en un bar cercano allí a las dos y volvió a acechar el patio de su antigua novia y amante. Como había calculado, a las tres menos cuarto Carolina abandonaba la casa, y salía rumbo a la frutería un tanto apurada. Su pelo rubio era ahora corto, al contrario que hace años. Lo llevaba peinado como la actriz que interpretaba a la agente Scully en “Expediente X”, la serie de alienígenas y demás paranormalidades.
Cogió las llaves que se había afanado ayer del bolsillo y se fijó en el llavero. Era un escudo del Valencia C.F. Claramente pertenecía a un hombre. Seguramente eran las llaves del marido. Cuando la madre se hubo alejado, Berto se adentró en el patio decidido a hablar con la hija. Subió a pie los dos pisos, igual que había hecho la noche anterior e igual que hizo hace veintitrés largos años. Metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Se introdujo en la penumbra de la casa. Pese a ser sólo las tres menos cinco de la tarde, la casa no era muy luminosa y muy poca luz se filtraba por las ventanas. No había ninguna bombilla encendida, el televisor seguía callado, no se oía ningún ruido. - ¿Hola?… ¿Hay alguien?…- Berto no pudo evitar sentirse como un adolescente que entra en una casa encantada en una película de miedo- ¿Sara?… ¿Estás ahí?… Ven, que sólo quiero hablar contigo.
Era mentira. Primero pensaba hablar con ella, y si no quería cooperar, le tendría que obligar a que no le dijera nada a su padre aunque fuera a ostias. No le asustaba pegar a una niña.
- Esta generación necesita mano dura…- le dijo al silencio- Un buen guantazo a tiempo ayuda a prevenir comportamientos nocivos más adelante… Así me enseñaron a mí y ya ves, no he salido tan mal… Tengo trabajo, no tengo problemas monetarios…No fumo… no tomo drogas… bebo lo justo… Y sigo más soltero que el jodido Jesucristo…- No pudo contener una fuerte risotada que retumbó en el silencio de la casa.
Viendo ya que no había nadie en casa y que había allanado la propiedad de una antigua novia para nada, decidió redondear la faena y comerse unos panchitos mientras veía la televisión. El mando estaba encima de la mesa. Era una bonita televisión, moderna, grande, panorámica… es decir: muy cara. Berto pulsó el botón rojo del mando con cautela, como si temiera romper algo tan bonito. La tele se encendió y la cara arrugada e inquisitoria de Jessica Fletcher le dio la bienvenida a un nuevo capítulo de “Se ha escrito un crimen”.
- ¡Maldita programación de verano! No hacen nada original.- Berto solía pensar en voz alta, sobre todo cuando estaba sólo. Le ayudaba a imaginarse que no estaba tan sólo como la realidad se empeñaba en demostrarle.
Entonces oyó una llave introduciéndose en la puerta. Apagó rápidamente la tele y se escondió detrás de el sofá. No sabía cuando volvería el padre de familia, por lo que rezó para que no fuera él. Una voz infantil llegaba desde la puerta, y Berto volvió a su posición anterior. Sara llegaba cantando una cancioncilla de Alejandro Sanz. Berto se quedó sentado en el sofá mirando fijamente a la puerta. Sara apareció por ella y se asustó cuando vio a alguien sentado en el sofá de una casa que debía estar vacía. La pequeña se quedó petrificada y los libros que llevaba en la mano se le cayeron al suelo.
- ¿Cómo has entrado aquí?- La mente de Sara trabajaba a marchas forzadas para recordarle que si ese hombre intentaba algo el primer movimiento sería ir a la cocina a por un cuchillo y el segundo cortarle las pelotas.
- Tranquila, Sara. Soy un amigo de tu madre… EL amigo de tu madre… Sólo quería venir a hablar contigo de lo que viste anoche.- El color volvió poco a poco a la blanca cara de Sara. Todavía no se fiaba de ese hombre, pero aunque la idea del cuchillo seguía en su mente, supo que se abría ahora una vía de diálogo.
- Si me vas a decir que estabais practicando el ‘boca a boca’, no cuela.- Respondió la joven.
Berto rió sonoramente.
- No, no soy quién para andarte con mentiras. Sólo venía a decirte que esto ha sido un error, más mío que de tu madre, y que no volverá a suceder. No quiero sustituir a tu padre, ni quiero que tus padres se enfaden entre ellos y se divorcien, ni quiero quedarme con tu madre ni nada de nada. Yo ahora mismo me iré de vuestras vidas y no volveré, pero antes quiero pedirte un favor. - ¿Qué quieres?- Sara se mantenía arrogante y altiva.
- Quiero que no le digas nada a tu padre. Quiero demasiado a tu madre como para hacer que se divorcie por mi culpa.
- ¿Pasas una noche con mi madre y ya dices que la quieres?- Berto se sintió confuso por la pregunta. Esa joven era inteligente, y sabía lo que se hacía.
- En realidad pasé más de una noche con tu madre, pero fue hace mucho, mucho tiempo. Yo conocí a tu madre cuando tenía seis años, y nos hicimos amigos… ‘muy’ amigos.
- ¿Tú no serás el famoso ‘Berto’?- El hombre pareció conmocionado por la pregunta. No contaba con que su nombre se hubiera oído en esa casa.
- Pues sí, sí que lo soy… ¿Te ha hablado tu madre de mí?
- No exactamente…- Sara se acercó al sofá y se sentó al lado de Berto.
- Entonces…- Berto le animaba a contar la historia.
- Es que hace poco oí discutir a mis padres por una carta que mi padre encontró. Estaba firmada por un tal Berto, y mi padre se enfadó mucho cuando la encontró. Le decía a mi madre que si todavía no lo había olvidado… que si no lo quería por qué coño guardaba sus cartas de amor… No sé, lo normal en éstos casos, supongo. Desde entonces siempre se lo ha estado echando en cara. Cuando se cabreaba por que mi madre le corregía por algo siempre decía: “¿Por qué no llamas a Berto y compruebas si lo hace mejor que yo?”
- Así que tu madre aún guarda mis cartas… ¿Sabes dónde están?
- Sí, ¿Quieres verlas?
- Me harías un gran favor.
Sara se levantó y se dirigió a un armario empotrado que había en el pasillo y lo abrió. Sacó de él una ruinosa escalera de madera y la colocó apoyada en el estante superior del armario, que quedaba a menos de cuarenta centímetros del techo.
- ¿Puedes coger la escalera?- preguntó Sara mientras subía los dos primeros escalones.
- ¿Eh? ¡Claro, Claro!
Berto cogió la escalera con sus dos manos y miró como el cuerpo de Sara iba subiendo por la desvencijada escalera de madera. Distraídamente, sus ojos se posaron en los pantalones de la niña. Eran cortos, pero aún así le quedaban anchos del camal con lo que se le veía un destello de las braguitas. Como si un rayo le hubiera atravesado la cabeza, Berto apartó la vista aunque demasiado tarde para que su cuerpo no sufriera una leve erección.
“Es una niña, Berto”, “Es una niña y tú ya no tienes quince años”, “Es una niña y es un delito”. Berto se lo decía por dentro, pero había algo que no marchaba bien. Una parte de su cuerpo estaba deseosa de coger a esa niña, lanzarla al sofá, y follársela hasta que no pudiera más. “Es un delito…” En Berto batallaban dos seres, sus dos partes de la mente, la blanca y la oscura, la racional y la visceral… “Es sólo una niña…” decía la blanca. “Te hará disfrutar como te hizo disfrutar su madre aquella vez ¿Recuerdas?” respondía la parte oscura. “Es un delito”, “Es sexo con una mujer”, “No es una mujer, es una niña”, “Ya es una mujer. A su edad su madre ya era toda una mujer gracias a ti ¿Le vas a negar eso a su hija?”, “Delito”, “Sexo”, “Crimen”, “Placer”, “Cárcel”… … … “¡Fóllatela!” ya no habían más argumentos. Los dos contendientes habían expuesto su punto de vista y el debate había acabado. No se la follaría. Decidido. Era sólo una niña. - Mira, aquí están.- Sara bajó de un salto la escalera, y Berto la volvió a guardar en el armario.
La jovencita llevaba en sus manos una caja de zapatos llena de poesías, cartas, corazones pintados y postales. La inmensa mayoría las recordaba muy bien. Ésa se la envió desde Zaragoza, mientras cumplía con el servicio militar obligatorio. Ésa otra la escribió con sólo trece años, fue la primera y en la que le pedía que saliera con él. Y aquella poesía la escribió la noche después de hacerle el amor…
- Escribías muy bien.- La voz de Sara lo sacó del influjo del pasado.
- Son cosas que se escriben cuando está enamorado.- respondió, con una sonrisilla que brilló en la tarde oscura. - Una pregunta…- Sara lo miraba fijamente a los ojos, y Berto tuvo deseos de besarla allí mismo, de llenarle su boca de lengua, de desnudarla y… “Es una niña… es una niña” esas palabras actuaban de dique para frenar la riada de lujuria que Berto sentía, ¿Pero por cuanto tiempo?
- Dime
- ¿Cómo era mi madre a mi edad?
- Igualita que tú. Es más, cuando anoche te vi en la puerta, me pareciste una visión del pasado.- Berto temió que recordarle la noche fatal pudiera molestarla, pero no fue así.
- ¿Te parecía atractiva mi madre por aquél entonces?- Berto adivinaba por donde estaba yendo la conversación y no le gustaba nada aquello.
- Tu madre me parecía muy atractiva. Pero entonces yo era un niñ…
- ¿Te parezco atractiva yo?- Sara no lo dejó continuar e hizo la pregunta que Berto más temía.
- No me obligues a responderte, por favor- Berto tenía miedo de lo que pudiera pasar si Sara seguía actuando tan como una mujer, dándole martillazos al dique que formaba la frase “Es una niña”.
- ¿Por qué? Yo no tengo miedo de la respuesta… ¿Y tú?- Sara hablaba con la decisión de la mujer más vieja del mundo.
- Me pareces la cosa más preciosa que he visto en años.- Al final, Berto lo soltó. Sara sonrió. Lo estaba esperando. La noche anterior había vuelto a su habitación enfadada con su madre por engañar a su querido padre. Pero también había vuelto excitada, con las braguitas mojadas por el morbo y la excitación. Había esperado cinco minutos a encender la luz. Había estado cinco minutos oyendo como su madre se lo montaba con otro hombre. Cuando Berto se fue y su madre se metió en la ducha para quitarse el olor a hombre, Sara se había masturbado frenéticamente pensando en el amante de su madre, del cual hoy sabía que se llamaba Berto.
- ¿La cosa más bonita? ¿Y qué suelen hacer los hombres con las cosas bonitas?- La sonrisa de Sara era maquiavélica. Berto recibió la pregunta de Sara como si hubiera sido un derechazo de Lennox Lewis. Se levantó y se dirigió a la puerta. No podía continuar allí o acabaría haciendo alguna estupidez.
- ¡No te vayas! ¡Por favor! ¡Lo siento! ¡Por favor, no te vayas!- La voz de Sara era la de una niña suplicante.
Sara rompió a llorar. Enterró la cara en el brazo del sillón. Berto se volvió, no podía dejar a una niña llorando. Ya le costó dejar a la madre envuelta en lágrimas y tenía veinticuatro años más. - Lo siento, Sara, pero no puedo. No… no puedo. Es un delito.
- No me encuentras guapa. ¡Nadie me encuentra guapa! Soy un monstruo.- Sara alzó la cabeza y Berto pudo ver que las mejillas estaban perladas de lágrimas.
- Ya te he dicho que eres muy guapa, pero también eres muy joven.
- Si no me equivoco, en el año 82 mi madre tenía la misma edad que yo ahora…- Sara enarbolaba una carta que estaba firmada por Berto y fechada un 17 de marzo de 1982.- ¿Era ella demasiado joven?
- Sí, y yo también. Éramos demasiado jóvenes para hacer lo que hicimos. Las lágrimas de Sara desaparecieron y brotó una nueva sonrisa pícara.
- ¿Qué hicisteis?- “¡Mierda! Esa niña me está manipulando. Que le jodan al mundo…”
- Me la follé.- la voz sonó grave.
- ¿Y te sientes viejo?- Berto no comprendía la pregunta. No se sentía viejo, no se había sentido más joven en años, se sentía como un niño que jamás hubiera crecido… como Peter Pan.
- Soy viejo.- Berto se obligó a mentir.
- No, no lo eres.
Entonces Sara se lanzó hacia Berto y le besó en los labios. Berto estaba a su merced. Su cuerpo era una estatua de mármol incapaz del más mínimo movimiento. De repente, mientras su parte oscura iba tomando el control, fue recuperando la movilidad de su cuerpo. Su boca aceptó la intrusión de la pequeña lengua de Sara, y sus grandes brazos rodearon su cuerpo en un abrazo ardiente. “Es… una… niña…” La voz era tan débil que era bien fácil de callar. Las manitas de Sara se aferraron a las manazas de Berto y las fueron bajando hasta su culito joven y prieto. Berto ya no podía ocultar su erección. Sara comenzó a quitarle la camiseta, desvistiéndolo mientras le besaba. Apartó su boca de la de él el tiempo justo para que la camiseta pudiera salir del cuerpo de Berto y volvió a besarle con lascivia.
El pecho de Berto se encontraba al aire, cubierto por una espesa mata de pelos. No estaba gordo, pero sí que era corpulento. Sara se separó de él y comenzó a desvestirse. Se sacó la camiseta, mientras algo en la cabeza de Berto le exhortaba a huir. A la vista quedaron dos diminutos pechos nacientes que todavía no necesitaban sujetador. No tardarían en necesitarlo, pero de momento no lo necesitaban. Sara y Berto fueron abrazados hasta la habitación de matrimonio, la misma que Berto había visitado la noche anterior en compañía de la madre de Sara. La joven comenzó a quitarse los pantalones al igual que Berto. Allí quedaron los dos, en ropa interior. Sara se tumbó en la cama y mientras la besaba, Berto fue acariciándole la rajita por encima de las bragas. La lengua de Sara dejó de batallar mientras sus ojos se abrían completamente, en una clara muestra de placer.
Berto no podía aguantar la polla en los calzoncillos. Se los quitó y su miembro botó como un resorte. Lo acercó a la boca de Sara, que empezó a metérselo en la boca con la torpeza propia de la inexperiencia. Berto dirigía la cabeza de Sara con una mano mientras con la otra seguía acariciándole el sexo a la niña. Apartó un poco las bragas a un lado y se encontró con un sexo pequeño, púber, con sólo una pequeña hilera de vellos a la vista. Notaba la humedad del chocho de la cría aún a dos centímetros de su piel. Metió dos dedos hasta las falanges y Sara ahogó un gemido de dolor. Sin embargo, cuando comenzó a mover los dedos en el interior húmedo de la niña, Sara comenzó a dejar escapar gemidos sonoros de placer. Mientras sus dedos corazón e índice se introducían en el sexo de la joven, su dedo pulgar buscaba su clítoris para potenciar el placer.
- mmmmmmmmm… mmmm…- Sara tuvo que sacar la polla de Berto de su boca para poder respirar y fue en ese momento cuando Berto comenzó a aumentar el movimiento en el interior de la niña.- ¡Ah! Oummmmm… ¡aaaaaaaAAAAAHHHHHHH! El cuerpo de la niña se arqueó presa del primer orgasmo de la tarde y sus jugos salpicaron la mano del hombre. Sara volvió a poner la polla de Berto en su boca y comenzó a mamársela otra vez. Berto se la sacó y se colocó delante de ella. Le sacó las braguitas, blancas, de algodón y puso su verga en la entrada de su sexo. Sara estaba asustada, no creía que ‘eso’ fuera a caber allí dentro. No sabía si dejarle o decirle que parase, pero cuando Berto volvió a meter dos dedos en su vagina, y comenzó a hacerlos girar, Sara estuvo convencida que quería que se la clavara. Berto sacó los dedos mojados y los paseó por su polla, lubricándola con los jugos de la niña para que la perforación no fuera tan dolorosa. Repitió la operación unas cuantas veces, hasta que su verga estuvo completamente cubierta por una película de jugos y saliva de la niña. Puso la cabeza de su miembro en la entrada del sexo de Sara y empujó levemente hasta introducirle poco más de la punta. Al cerebro de Sara llegaban informaciones contradictorias de dolor y placer, pero cuando el hombre introdujo un poco más de esa porción de sexo, Sara tuvo un espasmo involuntario causado por un relámpago de dolor que la atravesó de parte a parte. Berto presionó un poco más y la punta de su sexo tocó la telilla del himen. Con un ligero empujón, la tela se rasgó y Sara elevó al aire de la habitación un grito de dolor. Su pequeño cuerpo quería expulsar al invasor, pero su corazón, o donde fuera que estuviera localizada su parte de la mentalidad más sexual, esa parte quería más y más carne, más y más dolor por que sabía que el dolor pasado un tiempo sería placer.
Berto siguió penetrándola más y más, llenando su vagina de polla, obligándola a amoldarse al intruso, al huésped que entraba en ella. Berto se lanzó a mordisquear y chupar las diminutas tetas de la niña, cuyos pezones estaban completamente erguidos. Sara no tardó en adaptarse a la verga de ese hombre. Antes de comenzar el mete-saca, Berto contempló el cuerpecillo delgado que tenía bajo él. El pelo rubio de Sara se extendía por la cama de sábanas azules, como los rayos del sol en medio de un cielo raso. Sus pequeños senos eran poco menos que dos limones verdes, su boca estaba contraída en una mueca de placer y dolor y por un momento la pareció que le iba a decir “Hazme tuya, Peter Pan”, como le había dicho su madre hace tantos años y hace sólo una noche. Sus ojos negros brillaban pletóricos de lujuria, y mientras Berto oía por última vez un grito callado de su parte blanca “¡Es un delito!”, la parte oscura y visceral le exhortó a que empezara a mover las caderas.
Berto lo hizo, con dificultad por la presión que ejercía el sexo de Sara sobre el suyo propio. Berto comenzó a mover su cuerpo sobre los trece años y medio de Sara.
- ¡aauaummmmmm! ¡mmmmm! ¡mmmmaaaasss! ¡SI! ¡oummmmmm!
Berto continuaba bombeando en el interior del cuerpo de la niña.
- ¡aaaahhhh! ¡SI! ¡mmmmmm! ¡oummmmm!
Sara se convulsionaba de placer, pidiéndole al cielo que esa sensación no acabara nunca.
- ¡MMM! ¡MMM! ¡MMMM! ¡MMAAAAAAAHHHHHHHH! Los jugos de Sara comenzaban a desbordar su diminuta cavidad, mojando las sábanas entre las piernas de la niña. Sara volvió a arquearse, fruto de su segundo orgasmo, con una fuerza desproporcionada, levantando los más de setenta quilos de Berto varios centímetros del lecho.
Berto seguía introduciéndose en el cuerpo de la niña, retrocediendo a cada embestida a cuando tenía quince años y perdía la virginidad con Carolina, alias ‘Wendy’. Berto miraba los ojos de Sara y veía a Carolina, No podía olvidar la sensación que tuvo cuando la vio por primera vez, de pie bajo el marco de la puerta, con una cara de sorpresa y un brillo en los ojos que no sabía muy bien de qué era. Sin embargo ahora lo había entendido, Sara lo había mirado con lujuria, igual que ahora.
- ¡DAME! ¡SI! ¡AAAAAMMMMMMMMMMM!- Sara volvió a sufrir otro orgasmo y Berto estaba a las puertas. Acelerando las embestidas, Berto se corrió dentro de la niña.
Se quedaron así, agotados sobre la cama durante unos segundos. Hasta que Sara se levantó y dijo:
- ¡Mierda! ¡No te has puesto condón!- Berto lo sabía, a cada una de las embestidas que él daba, tenía en la mente que esa niña podría quedarse embarazada.
- Tranquila, preciosa… me hicieron la vasectomía…- mintió descaradamente. Sin embargo, Sara se la creyó y volvió a la cama. Puso su boca a la altura de su oído y susurró suavemente:
- Ha sido bestial… y si quieres, aún tengo un agujero virgen… Me gusta jugar con mi culo y he visto muchas películas…
Berto no se lo creía. La acababa de desvirgar y ya quería que se la metieran por el culo. Sinceramente, esa es una de las fantasías que no pudo llevar a cabo con Carolina. Pero ahora estaba con una niña de trece años que se le había insinuado para que se la metiera por el culo. Aún estaba intentando asimilar toda esa información cuando Sara comenzó a bajar su boca por todo el cuerpo desnudo de Berto. Sacó su lengüecita y comenzó a hacerla pasar pos el pecho peludo del hombre, bajando por su vientre ligeramente abultado, y llegando a su miembro, que colgaba muerto. Sara comenzó a metérselo por la boca, y en pocos segundos comenzaba a hacerlo resucitar a lametones. Al minuto y medio, el falo de Berto se erguía recto y seguro sobre su vientre. Sara entonces hizo levantarse a Berto y se puso a cuatro patas en la cama, poniéndole el culo en pompa a Berto. El hombre ensalivó un dedo y comenzó a metérselo por el ano. Sara respondió con un suspiro.
Berto se arrodilló detrás de ella y le puso su boca en el ano, sacó la lengua y empezó a excitarle ese agujero oscuro. No tardó en hacer que el ano de la niña palpitara como si fuera un corazón. Vio entonces que cabían tres dedos y los metió, para agrandarle aún más la estrecha obertura mientras Sara gemía de placer, sobándose los pechos diminutos mientras un hombre jugueteaba por la parte de atrás de su cuerpo. Sara entonces retiró la mano que le servía de apoyo y dejó su cara apoyada en la almohada. Mientras su mano derecha seguía acariciándose los senos nacientes, la mano izquierda comenzó a dirigirse hacia su vagina recién desvirgada.
Berto ya no aguantaba más, se acercó a la niña que suspiraba de placer con sus dedos en su ano, y se colocó en posición. La cabeza de su miembro quedó encajada entre las nalgas blanquitas y pequeñas de la niña y Berto con un empujón introdujo unos tres centímetros en el ano de la niña.
- oooouuummmppff- No era dolor lo que sentía Sara, más bien era ya sólo una ligera molestia.
Berto introdujo de un solo golpe, lo que le restaba a su polla en el interior del culo de la chiquilla.
- ¡IIIIIAAAAAAAA!- La intrusión le dolió, le dolió bastante. Sintió como si su cuerpo estuviera lleno de algo.
Berto le puso las manos en los pechos para intentar excitarla más. Los pezones de Sara eran dos rocas de titanio que se alzaban duros sin contemplaciones. Sin embargo, Berto siguió sobándole las tetas, apretando lo poquito que había que apretar, deleitándose con la juventud núbil de sus senos. Mientras tanto, su polla seguía perforando la partes de atrás del cuerpo de la niña.
- ¡AAAAHHHH! ¡QUE BUENO! Otra dosis de juguitos cayó por sus piernas hasta las sábanas azules. Berto cada vez se excitaba más y más. No podía creer que a sus treinta y ocho años estuviera disfrutando tanto con una niña a la que le triplicaba la edad. Y ella también estaba disfrutando. Eso se notaba en cualquiera de los movimientos que ella hacía para acoplarse a los movimientos de Berto.
- Oummmm… aaaaaa… mmmmmmm… La niña era muy ruidosa haciendo el amor, pensaba Berto.
- ¡mmmmmmm! ¡Iiiiiiaaaaaaahhhhhh!... Otro nuevo orgasmo convulsionó el cuerpecito de Sara. Berto no aguantaba más, estaba al borde de un estallido de placer que amenazaba ser tan intenso como para dejarlo en coma durante varios días. Así que se detuvo unos instantes para alargar esa sensación de su polla embutida en ese culito virgen. Se entretuvo acariciándole las tetas, ayudando a su mano izquierda a masturbar su lindo coñito, acariciándole cada pulgada de esa piel tan suave que le volvía loco.
Sin embargo, Sara quería más y más guerra. Comenzó a moverse adelante y atrás metiendo y sacando varios centímetros de polla de su culo. Berto quería aguantar el máximo tiempo posible. De repente, como una explosión, su polla descargó su contenido en el recto de Sara.
Sara lo notó y se deslizó hacia adelante, Hasta acabar tumbada en la cama con Berto encima de ella. El peso del hombre la aplastaba, pero el contacto de esa piel caliente sobre la suya era tan delicioso que no quería que Berto se moviese en años. Sin embargo, Berto se movió y quedó tumbado a su lado, mirando al techo. Seguía buscando un motivo racional que le explicara por qué había hecho lo que había hecho. Sin embargo, el techo no le dio las respuestas que buscaba y se levantó de la cama. Sara se había quedado dormida. Desnuda y dormida. Berto volvió a sentir ganas de poseerla allí, mientras dormía, pero pudo contenerse. Se vistió, teniendo que ir a coger la camiseta al salón. Volvió al cuarto para seguir contemplando ese cuerpecillo desnudo. Era sinceramente perfecta. Aún tenía la inocencia en la cara, y su pelo rubio le cubría la cara como un velo de oro. Berto lo apartó y contempló una vez más la carita de Sara. Sin despertarla, le dio un beso en los labios y la cubrió con las sábanas. Sabía que si no se despertaba antes de que llegase Carolina, la iba a poner en un aprieto, pero no quiso llevarla a su cuarto para no correr el riesgo de despertarla.
Cogió la ropa de la niña y la dejó en una silla. Ya iba a salir de la casa cuando se dio cuenta de que la caja de zapatos con todas sus cartas de amor seguía abierta en el sofá. Volvió a echarles una ojeada y cogió una poesía que había escrito la noche posterior a la de su viaje al país de ‘Nunca Jamás’.
La guardó en un bolsillo del pantalón, cerró la caja, la metió como pudo en el estante de arriba del armario sin subirse a la escalera y salió de la casa dejando las llaves que había usurpado donde las cogió.
Llegó a su casa y buscó un marco del mismo tamaño que la poesía. Al final lo encontró, tenía una foto de él con un amigo en la Costa Brava. Sacó la foto del marco y colocó con delicadeza la poesía. En la parte superior, primorosamente pintado con rotuladores de distintos colores, aparecía el título de la poesía:

“Para Wendy”



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