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Fantasias (1.4 Entrenando a la Puta)

1.4 Entrenando a la Puta

Cualquier duda, sugerencia o comentario pueden escribirme a leopoldo_relatos80@yahoo.com.mx y yo con gusto les responderé, además disfruto mucho recibir mails de mis lectores. Este es el cuarto capítulo de la saga, además quiero dar las gracias porque hasta la publicación de este relato he juntado 60,000 visitas. Gracias por su preferencia.

I Los días fueron pasando de mi preparatoria fueron pasando. En algunos seguí manteniendo relaciones sexuales con Santiago y a veces participaban Xavier Osio y en otros participaba también Joaquín Collado. Nunca estuvimos los cuatro juntos; ni esperaba que lo estuviéramos. Estaba disfrutando tanto esta loca fantasía que no quería cambiarla por medio a que desapareciera. Sin embargo mi amo estaba planeando algo totalmente diferente.

En aquel entonces estábamos estudiando en una escuela religiosa, lo que hacía nuestros encuentros más interesantes, pues agregaba la emoción del peligro del ser descubierto por un sacerdote. Nos teníamos que ver precavidos. Escondernos, a veces. Un fin de semana, como lo pudo haber sido cualquiera, fui invitado a casa de Mijares para poder estar juntos todos el fin de semana. Aparentemente sus papás se iban a ir a Acapulco y era el momento perfecto para una sesión sexual de varios días. Para guardar las apariencias ante mi familia tuve que decirles que me iba a un retiro espiritual y que por eso tenían que dejarme en casa de Santiago Mijares. Supuestamente nos iríamos juntos a la escuela en su coche. Él mismo me regresaría a mi casa más tarde.

Ansiaba que llegara el viernes. Me masturbé pensándolo. Estaba muy excitado en cuanto estuve frente a la puerta de su casa y mi madre se arrancaba. Toqué el timbre y esperé. El tiempo pareció alargarse de nuevo hasta que la puerta se abrió y pude ver a Xavier Osio con una toalla cubriendo la parte inferior de su cuerpo. En cuanto entré me besó, y mientras su lengua penetraba mi garganta me fue quitando la ropa. Yo hice mi parte y le quité la toalla para acariciarle sus nalgas de piedra.

Una vez que Osio pudo ver mi tanga, me tomó del cuello. Sus dedos apretaron contra mi piel, su pecho hizo presión contra el mío. “No debiste haberme quitado la toalla porque no te lo ordené. Si se lo digo a Santiago te va a castigar, pero si no vas a tener que cumplir con algo más adelante.” De nuevo me besó y esta vez me resistí. No iba a soportar el chantaje. Como se di cuenta me tomó de la mano con fuerza y me arrastró hasta un cuarto en el segundo piso de la casa, donde ya nos esperaban Collado y mi amo. Desnudos. Sudados.

Sudor.
Sexo.
Sólo quería abalanzarme sobre ellos, llevarlos a la silla, reclinarlos y dejar que se relajen para que disfruten de mi cuerpo.

Tres cuerpos desnudos frente a mí, y había probado todos ellos. No había duda que por las tardes iban al gimnasio a ejercitarse. Su abdomen se iba marcando, sus pectorales fortaleciendo y sus brazos iban adquiriendo un grueso envidiable. Frecuentemente compraban su cuerpo con el mío para decir que el suyo era de un hombre de verdad y el mío no, cosa que a mí me molestaba mucho y por eso empecé a hacer ejercicio cuando podía. Ahora nada podía hacer, con tres hombres poderosos frente a mí.

Santiago fue el primero en hablar, dando un paso al frente. “Ponte sobre el suelo en cuatro patas, que te quiero penetrar como forma de introducción a este entrenamiento que vas a pasar durante estos tres días.” “¿Y que será de nosotros?”, exclamó Collado. “Pueden disfrutar de otras forma de su cuerpo. Tiene una boca y un pene del cual pueden disfrutar. Sean originales.” Y sí que lo fueron. Primero mi amo se acercó por atrás y me dio una nalgada y escupió en mi culo. Su pene estaba erecto, deseando entrar en mí para recibir un poco de placer y sucedió en medio de dolor y placer. En ese movimiento metisaca que su mástil de carne ejercía sobre mi culo, empezó a darme de nalgadas que me hicieron gemir. Collado se colocó debajo de mí con su boca en mi pene y su pene en mis labios; en un curioso 69. Osio estaba parado frente a mí, de manera que dos vergas entraron a mi boca y una en mi culo, todos esto mientras me la mamaban. Era un posición extraña que me hacía delirar de placer. Esta en un cielo sexual.

El primero en correrse fue Santiago, pero dejó su verga dentro de mí hasta que perdió su erección, mientras me daba de nalgadas. “Eres un puta sucia, asquerosa, que se la cojen como si no valiera nada.” Después Osio vació todos sus huevos. “¿Querías leche, cabrón? Aquí la tienes toda. Tómala toda. Trágala toda.” Después se corrió Collado y al último lo hice yo. Xavier me levantó y me detuvo de los hombros, frente a mi amo. “Sí, eres un mal esclavo. Esto ha sido organizado para entrenarte y en este juego has perdido porque has sido el último en correrte. ¿Qué haremos contigo como castigo?” “Vamos a dejarlo sin cenar”, propuso Xavier. “No, mejor vamos a encadenarlo en el baño toda la noche”, sugirió Joaquín. “¡Cállense los dos y dejen de decir pendejadas! Vamos a hacer las dos cosas que propusieron.”

Me llevaron al baño, me introdujeron en la tina, y aún desnudo permití que orinaran en mi boca. Me usaron de escusado y me amarraron a la llave de agua. Me dejé humillar por un amo al que ya despreciaba, pero temía dejarlo por las represalias que pudieran venir. Es en este punto donde mi odio empezó a crecer hacia ellos. Quedé en el baño, con la luz apagada y en cuanto la noche inundó la ciudad de México sentí la oscuridad. Estaba solo. En esa soledad oí como los tres machos que habían violado traían a sus novias. Se reían. Cogían. Me imaginaba lo felices que deben ser ellas mientras un orgasmo recorría lentamente sus partes vaginales. Deliciosas…

La puerta se abrió de golpe cortando mis pensamientos. El hermano de mi amo prendió la luz, y me cegó. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a la luz observé al nuevo macho orinando en el escusado. Probablemente tendría veintitrés años. Era de cabello corto; negro. Su mirada se posó sobre mi cuerpo desnudo y sonrió. “Así que tú eres el nuevo esclavo de mi hermano”, empezó a desabotonarse la camisa, “y mi hermano dice que eres sólo para él y que yo no te puedo desfrutar.” Se desnudó por completo. Sus músculos brillaron al tiempo que me liberaba. “Ven a mí, putita. Quiero cabalgarte.” “Sí, tú eres un jinete experto y yo seré la golfa que te llevara al placer.” Me atrajo hacia él, se sentó en el escusado y me pidió que me sentara sobre él. Primero vino la punta de su pene; luego entro toda su hombría en mí. Un gemido largo que se fue apagando me dijo que lo estaba disfrutando. Estaba frente a él. “Cabalga, imbécil, cabalga.” Mi cuerpo empezó a moverse de arriba abajo, mientras su mástil de carne entraba y salí. Empezó a gemir de nuevo, pero yo tenía otros planes en mente. “No hables, si tu hermano no oye ya no va a dejar que me cogas.” “¿Querías verga, no? Si para eso te trajo y eso es lo que te estoy dando.” “Cállate y cógeme.” Y lo callé con un beso, que se prolongó hasta un orgasmo que hizo escurrir su leche mi culo.

Ahora teníamos que guardar el secreto. “Te voy a amarrar otra vez para que no sospechen. No digas nada si me quieres volver a ver.” “Sí, lo que tu digas.” Me amarró a la tina y se vistió. Lo vi por última vez cuando dejó ese baño, apagando la luz para abandonarme a mi suerte.

II
A la mañana siguiente fue Santiago Mijares a despertarme. Una bata azul cubría su cuerpo, ajustándose perfectamente a esos músculos adolescentes. La dejó caer. Podía oler el alcohol en su aliento; estaba borracho. Sus movimientos eran torpes cuando me desató, se introdujo en la tina y abrió la llave para dejar que cayera el agua de la regadera. Un charquito se hizo en la tina. “Puta, quiero me bañes y luego lo harás con mis amigos. Cuando termines puedes hacernos de desayunar.”

Estaba hincado bajo su cuerpo, viendo como una cascada de líquido vital caía por sus huevos. Abrí la boca y los engullí. Mi amo estaba tan borracho que no le importó que lo desobedeciera. Lo dejé ahí por un par de minutos. Luego me levanté, tomé el jabón y lo tallé contra su pecho. “¿Te gusta lo que estoy haciendo?” “Me encanta, esclavo.” Seguí tallando sus pectorales y le pedí que se volteara. Me incliné y empecé a lamer su culo. Gimió. “¿Te gustaría tener sexo?”, sugerí. “Mucho, esclavo.” “¡Entonces, eso tendrás!”, grité mientras me levantaba, le tomaba el cuello y lo hacía mío. Lo penetré por primera vez y emitió un grito de dolor. Estaba tan borracho que no fue difícil someterlo, que por supuesto fue un error porque en cuanto Osio y Collado oyeron el grito de dolor entraron a ayudarlo y nos separaron.

Lo que quedó del fin de semana transcurrió tal y como ellos lo habían planeado y ninguno de mis amos mencionaron el incidente, pero yo sabía que los había afectado de algún modo y planeaban un castigo.



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