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EL AVISO CLASIFICADO

Leyendo el diario mi vista se detuvo en un aviso clasificado que me llamó la atención,”Mujer en busca de matrimonio que desee vivir experiencias fuertes sin tabúes ni restricciones, sumisa total.”
Encajábamos perfectamente dentro de sus fantasías, y no dudé en conversarlo con mi mujer, que en principio me planteo sus dudas respecto de la figura y personalidad de la autora del aviso. “¿Sería agraciada delicada, gustaría de nosotros.?”.

Para aclarar nuestras dudas me puse en contacto telefónico por el número que acompañaba al aviso. Me respondió una voz sensual que parecía darle un matiz erótico a la conversación. “Soy María, y justifico tus dudas y las de tu esposa”, me dijo. “Me describo, soy blanca, de cabello castaño oscuro, mido 1,67 metros.”, “Mis senos son algo exuberantes, mi cintura es estrecha y mis caderas anchas.”. “Tengo piernas torneadas, y una cola parada y firme”. “Creo que no los voy a desilusionar”, concluyó.

Luego de describir a mi esposa y a mí, decidimos encontrarnos en una confitería para ver si había química entre los tres. Puntualmente llegamos con Marta y luego de unos minutos de espera de incertidumbre y ansiedad, apareció María. Era mucho más atractiva que lo que me imaginaba. Discreta con su melena oscura y sus ojos negros nos saludó tímidamente “Hola soy María Covet”. No parecía ser la mujer fogosa y ardiente que me había insinuado por teléfono, pero su figura era sugerente y misteriosa y me sedujo inmediatamente.

Luego de conversar animadamente con ella observé de soslayo a mi esposa buscando su aprobación. Marta que intervino poco, asintió disimuladamente, aceptando la relación. Jamás habíamos participado de un trío y hasta ese momento no estuve seguro que ella aceptase. Se ve que la calidez y la belleza de María la habían convencido. El misterio que siempre había sido compartir con una mujer el placer sexual, producto de nuestras fantasías podría concretarse.



Luego de terminar de degustar un copetín, le propuse a María fijar una fecha para encontrarnos, pero Marta excitada como estaba no quiso posponerlo, y para mi sorpresa, la invitó a nuestra casa pues estábamos solos para continuar con la relación que se había iniciado.

María aceptó de inmediato y luego de sellar el pacto con un beso nos trasladamos al departamento.

Al llegar sabiendo sus fantasías, las conduje a ambas a la pieza de huéspedes y les exigí que se pusieran la lencería y la ropa de cuero que en ocasiones usaba con Marta, ya que eran casi de la misma talla y les quedarían de maravillas.

“Si mis amos, estoy para cumplir sus órdenes”, fue la respuesta de María. Yo excitado como estaba me desnudé y mi miembro endureció apenas asomaron a la habitación. Estaban hermosas e impactantes. El cuero brilloso y sus botas negras resaltaban sus curvas y dejaban ver la vulva depilada de María, y la selva que ocultaba la entrada a la cueva de mi esposa.

Sentado en el diván con voz imperativa les pedí que hicieran el amor. “Quiero que se besen”, “Marta demuéstrale a María, tu esclava, que puedes hacer lo que quieres con ella”.

Yo desde mi posición tenía una visión privilegiada. Marta y María se besaron y luego de un comienzo tierno y tenso se liberaron. Sus besos y sus caricias se transformaron en un volcán en erupción. Marta la obligó a voltearse sobre la cama, apoyándose sobre sus antebrazos, y desde atrás comenzó a flagelarla con un látigo y unas plumas que rápidamente enrojecieron la cola de María, que gemía ante cada embate. “Te duele mi esclava”, le repetía Marta.

“Sí, pero continua, quiero mucho más”, era la respuesta repetida de María. “mmmhuuuy, huuuy, huuy, aaaahhhyyy”,”Me corro, huyyy que rico”.

Marta buscó luego su concha, abrió delicadamente sus labios mayores y con su lengua sorbió los jugos pringosos que fluían desde la vagina.
Luego se pusieron en 69 y el morbo que me causaba verlas gozando de una relación homosexual, hicieron que me masturbase hasta que pronto a acabar derramando el semen, les ordené que sorbiesen hasta la última gota. Se acercaron y las dos parecían querer disputarse la leche de sabor agridulce hasta limpiar totalmente el miembro que continuaba rígido y palpitante ante semejante caricia.

Me di cuenta que mi esposa estaba necesitando sentir un orgasmo así que entre jadeos y gemidos le ordené a María que le diese placer comiéndole la concha. María no se hizo rogar y abriéndole los muslos se dedicó a lamer el clítoris y jugar con su lengua introduciéndola en la vagina llena de jugos. Marta se retorcía de placer. Gemía y pedía más y más.



María me ofrecía su culo parado en pompa y sus orificios depilados. No pude contenerme y me paré por detrás suyo mientras ella seguía comiéndole la concha a Marta. Tomé mi herramienta rugosa e ingurgitada de sangre con las manos y luego de introducírsela en la vagina, la saqué lubricada por sus jugos. Sin darle tiempo a defenderse le enterré los 23 centímetros luego de atravesar el esfínter anal, en la profundidad del recto hasta que mis testículos golpearon contra sus glúteos. Dio un alarido contenido pero se acomodó abriéndose de piernas y separando sus nalgas con la mano. “Me duele pero me encanta”, repetía. “Es un dolor maravilloso que me causa placer”. “aaaahhhyyyy”, “uuuhhhyyy, así, sigue, así”.

Marta se dirigió a la habitación contigua y retornó luego de colocarse una prótesis de silicona de color natural que remedaba un miembro viril grueso y rígido y se paró frente a María que enculada por mi verga se movía haciéndola entrar y salir entre jadeos y gemidos. Sin hesitar la llevó a su boca. Apenas le cabía.

Que maravillosa visión, que sensación de entrega y de placer ver a esas dos mujeres disfrutando de una pasión sin límites. No pude resistirme y eyaculé dentro de ese culo hermoso abierto como una flor. Luego senté a María sobre mi verga que irrumpió en su concha generosa y Marta se encargó de penetrarla por el culo dilatado y lubricado por los jugos que escurrían por el ano. El movimiento se hizo más intenso hasta que entre jadeos, gemidos y palabras entrecortadas de placer y dolor acabamos casi juntos prometiéndonos que esa no sería la última vez explorando nuevas fantasías y momentos maravillosos como los que habíamos transitado.

Munjol. Homenaje a María C.



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