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La casa de Devoto y su mujer

Transcurrieron algunos meses, y nuestras relaciones se iban profundizando. En cada encuentro, Jorge me decía que le insinuaba sutilmente a su esposa nuestros sentimientos, y ya faltaba poco para compartir nuestras vidas.

Durante uno de nuestros encuentros, me comentó que su mujer se ausentaría por el fin de semana largo, y me invitaba a compartir su lecho matrimonial, ya que en su casa solo quedaría la mucama, que era una mujer de su absoluta confianza. Dudé, me parecía una imprudencia, pero finalmente acepté. Jorge ejercía sobre mí una influencia decisiva y siempre terminaba complaciendo sus deseos.



Ese sábado, a la hora del té, toqué timbre en su casa de Devoto, salió a mi encuentro Gabriela la mucama, que me franqueo la entrada, Era morena de unos treinta años, de ojos castaños, de estatura mediana y figura armoniosa que la hacían una mujer sumamente atractiva. Para más, estaba vestida con un uniforme azul, con pollera corta, delantal blanco a la cintura y un tocado que sujetaba su pelo oscuro. Tenía pechos firmes y agresivos, que mostraban a través del uniforme la prominencia de sus pezones. Creo que me puse celosa. Me miró de arriba abajo y luego me condujo al comedor donde estaba Jorge, quien nos presentó. Gabriela elogio mi belleza y elegancia, y felicitó el buen gusto de Jorge al elegirme; luego discretamente se retiró. Tras merendar, y mientras le refería los atributos que tenia Gabriela, le exprese mis celos, por esa mujer hermosa. Se sonrió, y con cierta picardía, me dijo que ella estaba al tanto de nuestra relación, y por lo visto al conocerme, yo le había encantado. Jorge, fue a realizar una urgencia, asegurando que en dos horas volvería, y me pidió que me instalara en su dormitorio, Gabriela haría que no me faltase nada, pues estaba a mi disposición para todo servicio.

La habitación era amplia, con un ventanal que daba al jardín, que se veía cubierto de plantas y flores. En el fondo del mismo había una pequeña pileta. Al frente de la cama, en el dormitorio, se hallaba un espejo por encima de la cómoda, y al costado se ubicaba un baño con vidrios esmerilados, que dejaban ver un jacusi y un moderno toillette. Me llamó la atención, ver solo cuadros de alto contenido erótico y ninguna foto o cuadro familiar. Se lo hice saber a Gabriela, quien comentó. “A la Sra. y al doctor les encantan”.

Sobre la cama, había colocado una salida de baño y un juego de lencería muy audaz casi transparente de color negro. Había preparado un baño con espuma y sales aromáticas. Por lo visto Gabriela no había descuidado ningún detalle y conocía perfectamente los gustos de Jorge. Me sugirió que la llamase si necesitaba algo o si deseaba un masaje relajante, ya que ella era experta en esa disciplina.



Me desnudé y me introduje en el jacusi, cerré los ojos, y mientras me enjabonaba, dejé correr mi imaginación, ya me sentía la esposa y ocupaba el lugar que tanto había soñado. De pronto sentí unas manos suaves que masajeaban mi cuello. Abrí mis ojos, era Gabriela que me relajaba con sus manos. Ensimismada, no había advertido su llegada No atiné a nada, desde atrás comenzó a pasar sus manos desde los hombros hasta los senos, acariciando los pezones con un movimiento suave. Noté como se endurecían. Finalmente incómoda, me incorporé. Quería que no se diera cuenta de mi excitación. Me ayudo a secarme, y posteriormente, a colocarme la lencería. Un corsé ajustado realzaba mi busto y las bragas negras eran adecuadas para una ocasión especial. Me miré al espejo. Con tacos altos me dijo, me veía mucho más sensual, y por supuesto, me los puse.

Escuchamos la puerta. Era Jorge que volvía. Discretamente me deseó que disfrutara la velada, ya que sospechaba que las fantasías del Doctor se harían realidad. Esas palabras me intrigaron. Antes de retirarse me untó el cuerpo con una crema perfumada, inclusive en la pelvis y las nalgas, como si supiese de la promesa existente entre Jorge y yo desde hacía meses. Estaba excitada y ansiosa.

Al verlo entrar, me pareció que era nuestra noche de bodas. Tomó una ducha ligera y cuando salió, lo idealicé, mi esposo en la fantasía era hermoso y deseable. Entonces, abrí y dejé caer el deshabillé, me mostré tal como Gabriela me había sugerido que lo esperase. Me miró y me preguntó si ella me había masajeado. Debo haberme sonrojado al recordar la excitación que me habían producido sus manos, y se sonrió al ver que me ruboricé. Nos besamos, me tomó en sus brazos y bailamos. Una música romántica nos envolvía. Sentí su miembro endurecido palpitando en mi pelvis. El vello pubiano y mi vulva se humedecieron ante el contacto. Me abarcó con sus manos tomándome de las nalgas para aproximar más nuestros cuerpos. No pude más, le supliqué que me poseyera. Me alzó y me llevó a la cama. Tuve la sensación extraña como que alguien nos observaba, pero no me importó. Se situó entre mis piernas y me penetró. Sentí el bombeo acompasado y profundo de su miembro que ampliaba mi vagina, la caricia como siempre, era maravillosa. Pero antes de eyacular, se incorporó. Me di cuenta que me propondría concretar la promesa incumplida. Levantó mis piernas y las colocó sobre sus hombros. El orificio anal, quedaba a la altura exacta para la penetración. Temía al dolor que podía provocarme y le supliqué que no lo hiciera, pero no se detuvo y me colocó vaselina sobre el ano. En una primera instancia su miembro no pudo atravesar el esfínter pese a su esfuerzo. Le rogué que no continuase pues no lo soportaría, que le seria imposible, pero insistió. Me hizo incorporar. De pié, de espaldas y con las piernas abiertas, me hizo apoyar con los antebrazos de bruces sobre la cama. Tomó con sus manos mis nalgas y las abrió, Introdujo un dedo untado con vaselina para dilatar el orificio anal, y luego apoyo el glande comenzando decididamente a presionar, cuando finalmente atravesó el esfínter, no pude contener un grito de dolor. Primero la cabeza y luego esa enorme masa rígida, me penetraron hasta el fondo, mis gemidos y las exclamaciones de dolor, parecían estimularlo. No se detuvo. Continuó bombeando dentro del recto. El dolor fue cediendo. Se inclinó sobre mi espalda, y mientras acariciaba mis senos sentí su semen al eyacular. Me había también, desflorado el ano habiendo satisfecho sus fantasías y yo, cumplido mi promesa. Quedé dolorida y feliz.

Nos incorporamos y continuamos prodigándonos besos y caricias. Luego de la mano, nos dirigimos al baño. Bajo la ducha, sentí la necesidad de agacharme, tomar su verga y besarla, Esa masa enorme, me había iniciado en la vida sexual. A partir de ese momento, estaba dispuesta a gozar y recuperar el tiempo perdido.

Nos vestimos y nos dispusimos a cenar. Gabriela había preparado la mesa con todo esmero. Una ensalada agridulce con manzana y apio, pollo al horno, y de postre había dispuesto higos y nueces. El comentario, con respecto al menú, donde prevalecían los alimentos afrodisíacos, me hizo pensar que estaba al tanto de lo que había sucedido. Habría visto algo, me pregunté. Nos pidió que recuperásemos nuestras fuerzas pues lo íbamos a necesitar, nos dijo, y se retiró. Nos acostamos temprano, viendo en el video, una película erótica, No teníamos nada que envidiar a los protagonistas del film, aunque al observar un trío Jorge hizo el comentario intencionado, de que eso nos faltaba. Tuvimos una última relación sexual, y nos dormimos abrazados.

Muy temprano nos despertó Gabriela con el desayuno. Estaba impecable con su uniforme. Abrió las ventanas, y con una sonrisa cómplice, nos preguntó como habíamos pasado la noche, si estábamos cansados y necesitábamos un masaje para recuperarnos. Me dio vergüenza aceptar su sugerencia, aunque lo deseaba. En cambio Jorge me estimuló para que me pusiera en sus manos expertas mientras él se vestía para ir al hospital. Nos dijo que retornaría después de almorzar para dormir la siesta, y que aprovechásemos la mañana para disfrutar en la pileta.

A eso de las diez, me puse una bikini y me dirigí al jardín. Ya estaba Gabriela, Me preguntó si mientras me masajeaba me ponía crema para el sol. No me negué. Al verla con su malla pequeña que la mostraba casi desnuda, se despertó en mí una sensación inexplicable, y quise borrar de mi mente sentimientos encontrados que jamás había experimentado. Me coloqué boca abajo, me desprendió el sostén, y suavemente comenzó a masajearme desde los hombros hacia la cintura, rodeo mis glúteos con un movimiento circular, y en ese momento me sugirió ponerme boca arriba. Mi excitación crecía. Cerré mis ojos, me parecía que así no se daría cuenta. Finalmente me desnudó. De rodillas, a horcajadas acarició mis senos y pellizcó al pasar suavemente los pezones, luego bajó por el abdomen hacia la pelvis, acarició el clítoris jugando con el vello pubiano, y mientras se detenía en los labios mayores, me hizo saber lo que había visto la noche anterior a través de una filmadora disimulada en la habitación. Quedé atónita. No supe que decir. Le pregunté ingenuamente, si Jorge estaba al tanto. Entonces se inclinó y me besó, se deslizó entre mis muslos, y por primera vez una boca femenina se posó en mi vulva, su lengua la besaba y se introducía en mi vagina humedecida por el placer. Me preguntó si estaba muy dolorida por la penetración anal del día anterior ya que había escuchado los gemidos de dolor, que le recordaron su primera experiencia. Verdaderamente me dolía. Me dijo que aún estaba enrojecido ese pequeño agujerito por la experiencia de la noche anterior. Besó y acarició el ano. Le respondí que solo la promesa que le había hecho a Jorge me había permitido soportarlo.

Nos bañamos y almorzamos frugalmente hasta que Jorge regresó. No sabía como encararlo. Tomé una bebida fuerte para darme ánimo. Fuimos al dormitorio, nos desvestimos, y cuando le iba a confesar lo que había pasado, entró Gabriela totalmente desnuda. Se acercó, me besó y luego, lo besó a él. Mi sorpresa fue mayor, cuando ella le pidió que me penetrase mientras se masturbaba. Mi calentura era incontrolable, había perdido todas las inhibiciones, y algo mareada aún por el alcohol le pedí por favor que me cogieran, estaba excitada y dispuesta a todo. Mientras me besaban y acariciaban, mis jadeos y gemidos se acentuaron. Primero fue Jorge de espaldas, yo me monté sobre su miembro cabalgándolo, Gabriela de rodillas sobre la boca de Jorge de frente a mi, recibiendo sus labios y la lengua dentro de su sexo. Nos besamos con Gabriela mientras sentía el roce de nuestros pezones endurecidos al frotarnos en un abrazo lujurioso. Luego, fui yo debajo, y mientras sentía el miembro de Jorge dentro de mi vagina, le besé la concha a Gabriela llena de pringosos jugos que fluían de sus entrañas. Finalmente, en un sillón especial angosto, me colocaron boca abajo con las piernas abiertas. Todavía estaba dolorida del día anterior, y la irritación persistía. Sin embargo, Gabriela delicadamente me untó el orificio anal, y provista de una prótesis colocada a manera de un miembro, con la ayuda de Jorge que me abrió las nalgas, me fue penetrando. Era suave, y no me produjo dolor. Paulatinamente al profundizarlo hizo mas complaciente el orificio. Sentí un goce especial al ser estimulada por sus palabras obscenas. Tuve un orgasmo maravilloso y prolongado. Luego retiró el consolador lentamente, y me colocó crema en el ano que según creí, era para relajar y calmar el dolor. Estaba equivocada, ya que Jorge tomando la verga con su mano, aplicó el glande en el orificio anal. Las manos de Gabriela me abrían las nalgas, y me palmeaban. Me susurraba que me relajase como una puta; estaba excitada como nunca lo había estado. Finalmente esa masa rígida y palpitante, atravesó el esfínter por segunda vez en menos de doce horas y en ese momento, proferí un grito de dolor. Los jadeos y los gemidos se mezclaban. Tuve dos orgasmos consecutivos, era la primera vez, que me sucedía, jamás lo hubiese imaginado. Observé como Jorge y Gabriela, al terminar se besaron tiernamente. Entonces supe de sus labios que eran marido y mujer. Ella era bisexual y lo vivido lo habían ideado juntos. Quedé atónita, no sabia que decir, Jorge me había engañado, aunque reconozco que había alcanzado un grado de satisfacción impensado.

Me propusieron, continuar con la relación. Me ofrecían, su casa y sus contactos para que gozara de su compañía, ya que vivían en absoluta libertad. Quedé en contestarles, pues lo sucedido formaba parte de un sueño que quería olvidar. Mi formación jamás la había contemplado, pero el placer vivido tampoco lo había imaginado.

No los volví a ver hasta varios años después, ya casada, durante unas vacaciones en la costa a las que fui con mi marido y que más adelante recordaré.

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