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¿Dónde lo quieres, Ivonne?

Me presentaron a Ivonne un domingo por la mañana. Su madre era muy amiga de mis abuelos y, al parecer, le habían hablado muchísimo de mí. Joven de la capital, soltero, escritor, soñador, un buen partido, según ellos. A mí eso me daba igual, sólo necesitaba tiempo y tranquilidad para escribir novelas y fumar y beber mucha cerveza y ojalá follar mucho antes de morirme joven. Era lo único que realmente deseaba.

Ese domingo nos encontramos todos cerca de un bosque, en un almuerzo campestre organizado por la parroquia de Las Acacias, un pequeño aunque bastante concurrido balneario. ¿Qué hacía yo allí? Pues llevaba meses sin poder escribir nada decente, me estaba enfermando por coger todas las noches con la misma mujer y decidí alejarme de mi casa un tiempo para ver si en compañía de mis abuelos se me pegaba el Espíritu Santo o algo parecido.

Pero el resultado fue aún mejor.

-Hola, tú eres Bob, Bob Naranjo, ¿verdad? –me dijo una señora, tomándome del brazo–. Tanto gusto. Quiero presentarte a mi hija, Ivonne.

Desde un costado se acercó una muchachita de unos dieciséis años. Al verla no me pareció una chica demasiado atractiva: cara alargada, tez muy blanca, cabello tomado en una cola, ojos verdes.

-Hola, Bob, ¿qué tal?

Como si fuera un pariente lejano me dio un abrazo y un beso, muy cerca de los labios. Cielos, ¿tan bien les habían hablado de mí a la madre que la hija ya se hacía ilusiones conmigo?

-Encantado. Me da gusto conocerlas –les dije.

-A nosotras también, Bob –agregó la madre–. Me han dicho que eres un muy buen muchacho. Ivonne también lo es, y no lo digo sólo porque sea mi hija. Ya se conocerán y lo verás.

La muchacha me observaba como alelada. Daban ganas de decirle a la madre que de santa su hija no tenía nada. Bastaba ver la barrida que me estaba dando, desde la cabeza hasta los pies, deteniéndose un momento en mi entrepierna que, lo juro, en esos momentos estaba en absoluto reposo.

La verdad es que la tal Ivonne no tenía por dónde gustarme, hasta que alguien desde una mesa de picnic gritó su nombre y la chica se marchó.

-Perdóname, me llaman.

-Ve, ya nos encontraremos otra vez.

Siguiendo a su madre, pude verla por detrás: un trasero muy mono, redondo, cubierto por un jeans negro muy apretado. La chica tenía un buen culo y sabía como moverlo. No sé si se corresponde con la realidad, pero me pareció notar que Ivonne meneó ese culito para mí al marcharse.

Hacía mucho tiempo que no la metía en una grupa tibia, joven, y deseé estar entre las piernas de Ivonne. Habían pasado cinco días desde la última vez que había cogido con Marta, la catalana que vive frente a mi departamento y que me deja la puerta abierta cada vez que su marido se va. Pero aburre follar con la misma mujer siempre. Además, a Marta no le gusta innovar y siempre debo metérsela en la posición de misionero. Una sola vez me levantó el culo para que la penetrara en doggy style, pero justo cuando me iba a correr dentro la muy cabrona paró y dijo que volviéramos a hacerlo normal. Podría habérmelo dicho antes, no pude aguantar más y la pinga me explotó. Le bañé las nalgas de semen. Marta se ruborizó. Dijo que no volviéramos a hacerlo así nunca más. A mí no me gusta botar la leche de esa manera, le dije que por qué no me había dejado llenarla o, en ultima instancia, por qué no me había dejado correrme en su boca. Se quedó en silencio, como si tuviera yo la culpa. Fue entonces cuando me cabrié, tomé mis escritos, mi tabaco y mi ropa y me vine a Las Acacias.

Quería una cerveza. El recuerdo de Marta en cuatro y el culo jovencito de Ivonne me habían puesto a mil y necesitaba bajarme la calentura para que el bulto no se me notara tanto. Ese almuerzo campestre estaba muy bien organizado y había mesas por todas partes ofreciendo cosas de comer y de beber.

Qué sorpresa: justo en la mesa de bebidas atendía la madre de Ivonne.

-¿Y su hija, señora?

-No lo sé, Bob. Pensé que estaba contigo.

-Pues no, se vino acá corriendo.

-Ya aparecerá, esa muchacha siempre anda en las nubes. ¿Quieres algo?

-Una cerveza helada.

-¿Qué te ha parecido?

-¿Ivonne? Es muy guapa. Casi tanto como su madre –Desde que me había dedicado a escribir y a hacer nada más en la vida, mentía muy bien.

-Tú también le has caído en gracia. Me lo dijo hace un rato.

El dato estaba de más, pero se lo agradecí. Me bebí la cerveza casi de un solo trago y comencé a buscar a Ivonne. Parecía que se la hubiese tragado la tierra, hasta que la vi escondida entre unos matorrales, muy dentro del bosque. Miré hacia atrás para cerciorarme de que nadie me viera y fui adonde estaba. Me acerqué y, en efecto, confirmé mis sospechas: se había perdido para mear. Oí el chorro de orina y me dio risa, pero no pude ver casi nada. Cuánto hubiese deseado verle aquel culo hermoso y blanco, y quizás ese bollito inmaculado, virgen. Decidí regresar hacia donde estaban los demás y desde allí llamarla. Regresó corriendo.

-Pensé que te habías perdido, Ivonne.

-No, no. Tenía algunas cosas que hacer en privado.

-¿Y por qué no me invitaste?

Ivonne se rió mucho y me golpeó suavemente el pecho.

-Tonto, son cosas que debo hacer… sola.

-Pues conozco cosas que podemos hacer… de a dos.

Me acerqué mucho a su cara, casi hasta rozarle la nariz. Sentí que Ivonne se asustaba. Me excita que las mujeres se asusten. Le acaricié los hombros y el pelo. Le dije si quería que pasáramos un ratito a solas.

-No lo sé. Quizás mi mamá me necesite.

-Yo hablaré con ella después. ¿Vives lejos de aquí?

Me indicó una casa a un costado de un camino, a pocos metros del bosque.

-¿Hay alguien allí ahora?

Me negó con la cabeza. La tomé de la mano y le devolví el beso de presentación, cerca de los labios.

-Vamos.

Nos fuimos bordeando las mesas y el bosque, de tal manera que nadie nos viera. Ivonne parecía nerviosa, su mano estaba helada, pero sabía que en el fondo deseaba tanto como yo hacer el amor hasta el límite, probarme, comprobar si era cierto eso del “buen partido”.

Apenas franqueamos la puerta la besé, primero muy lentamente y luego metiéndole la lengua. Las reacciones de Ivonne eran torpes, primerizas, pero había algo en ellas que hacían que mi verga rompiera el pantalón. Sin más conduje mis manos desde su espalda hasta esos glúteos hermosos. Los apreté, se los levanté, los separé. He notado cómo las mujeres tienden a calentarse mucho cuando les abres las nalgas con firmeza. El culo y la vagina se les ventila y se lubrican mejor. Al comienzo Ivonne me retiró las manos. Farfullaba que no, muy despacio, pero luego se dejó llevar y me palpó la tranca por sobre el pantalón, dura como un fierro.

-¿Quieres verla?

La sola propuesta pareció provocarle una revolución en el vientre. Me besó, me dio su lengua, ya no opuso resistencia para que le apretara el culito.

-Sí, quiero verla, quiero sentirla, pero no aquí. Vamos a mi cuarto.

Al entrar en la habitación, una habitación aún de chiquilla, quité todos los osos de peluche de su cama y me tumbé en ella. Abrí la cremallera y le mostré mi verga, dura, tiesa, aún oculta en su capullo. Comencé a masturbarme muy lentamente para que Ivonne viera el glande, brillante de líquido pre-seminal. Ella estaba a un costado de la cama, estupefacta. Entonces comprendí.

-Es la primera vez que ves un pene, ¿verdad?

La pobrecilla asintió.

-¿Y qué te parece?

-Está muy grande.

-Eres tú la que ya estás grande. Deberías aprender algunas cosas –le dije, y me levanté para comenzar a desnudarla. Salvo el culo, Ivonne no tenía mayores atributos: demasiadas pecas, una piel muy blanca y unos senos pequeños, que mordisqueé de inmediato tras arrancarle la camiseta y el sostén, tratando de mantener la erección de sus pezones. Igualmente ya tenía la tranca a mil y lo único que deseaba era servirme esa virgen con todas las de la ley. Tiré un poco de los pezones, me entretuve saboreándolos, pero ya quería ver ese culo enorme. Le arranqué de una vez el jeans y los calzoncitos tiernos, unos calzones de figuritas y colores que no veía desde las primeras chicas que desvirgué en mi cama. Qué tiempos, y ahora la historia se repetía. Lo único distinto era que, en comparación con los otros, este calzón sí que estaba mojado. Le puse un cojín debajo del trasero y le bajé la ropa interior de una vez. No aguantaba más, me estaba mareando de tanto placer. El aroma a concha lista me vuelve loco.

-¿Nunca te has hecho esto a ti misma? –le pregunté mientras con mi índice le tocaba despacio el clítoris. El cuerpo de Ivonne se corvó y la muy perra comenzó a gemir tan fuerte que temí que nos oyeran afuera.

-Contéstame, ¿te lo haces cuando estás solita? –a cada palabra aumentaba el ritmo. Se lo estaba frotando bastante fuerte.

-Síii… pero no tan rico como me lo estás haciendooo…

-¿Nunca nadie te lo había hecho? ¿No has tenido novios, acaso?

-Aaah… Aaah… sí… pero nunca… Aaah… me estás volviendo loca.

-¿Y no se la has chupado a ninguno?

-Nooo…

-Será tu primera vez, Ivonne. Abre la boquita.

Aún moviéndose por la frotación de mis dedos en su clítoris, Ivonne pareció reaccionar ante lo que había dicho. Era demasiado tarde. Me senté despacio y sin ejercer peso sobre sus pechos y le acerqué mi pene, rojo e hinchado, a su boca.

-Dame una mamada bien rica, Ivonne.

Abrió poco a poco los labios. La ayudé a metérselo casi todo acercándola a mi pubis con una mano en su nuca.

-Eso es. Ten cuidado con los dientes. Aaah… dale lengua en la punta. Qué rico… chupa, chupa.

Era una alumna hábil. Seguía todas mis instrucciones.

-Succiona fuerte primero y luego dale mucha lengua a la cabeza, eso me fascina.

Me la estaba follando por la boca y no estaba nada mal. Se la metía y se la sacaba, lento, rápido, más rápido. A ratos dejaba que se entretuviera sola. Ivonne tenía los ojos cerrados la mayor parte del tiempo, pero algunas veces los abría y me miraba hacia arriba. No hay cosa que me caliente más que me miren mientras me chupan la pinga. Y ella me miraba, llena de deseo, hasta que en un rato se sacó el pene de la boca y dijo:

-¿Y tú no me vas a lamer?

No la hice esperar más y puse su culo y su concha sobre mí, de tal manera que siguiera chupándomela. La clásica posición sesenta y nueve. Ah, Ivonne. Qué conchita deliciosa, mojada, con una línea que tuve que abrir con los dedos de tan virgen que era. Pronto su vagina se hinchó, apenas por unas chupaditas mías en su clítoris.

Le anuncié sin más que quería desflorarla.

-¿Trajiste condones? –preguntó.

-¿Es que no confías en mí? –reprobé–. Tengo diez años más que tú. Sé a quiénes me he cogido y a quiénes no.

-No es eso. Es que temo quedar embarazada. Es mitad del mes. Tú sabes, cosas de mujeres.

-Puto ciclo reproductivo.

Le seguí dando lengua a su vaginita deliciosa, mientras pensaba y pensaba. Acabé resignándome.

-No acostumbro a correrme fuera, pero lo haré esta vez. Por ti.

Ivonne se sonrió y le dio una larga chupada a mi pene. Lo sentí, sentí la fuerza que le imprimió a esa mamada divina, y experimenté toda la presión de la sangre allí abajo. Me salí de su boca, pues estaba a punto de eyacular, y la dejé que se acomodara como mejor le pareciera en su cama.

-Ivonne, haremos una cosa. Te la voy a meter un poquito nada más. Luego, con tus manos, empuja mi trasero y ve regulando poco a poco la entrada. Es la mejor manera de que te vayas acostumbrando.

-¿Crees que no me dolerá? Tu pene es enorme.

-Te dolerá menos si procedes como te digo. Una vez dentro, el resto corre por mi cuenta.

Puse mi glande en la entrada de su vagina. La muy puta se estaba mojando, y me mojaba asimismo el pene con sus jugos. Se aferró a mis nalgas con mucha fuerza y comenzó poco a poco a presionar hacia dentro.

-Oooh… se siente delicioso. Mmm… qué ricooo… qué pedazo de carne, aaah, aaah…

Yo trataba de hacer un gran esfuerzo para no romperle el coño de una vez. Quería que lo disfrutara y lo recordara en el futuro. A veces hay que ser paciente, sobre todo con las primerizas. Pero no podía quejarme: Ivonne iba metiéndoselo a buen ritmo, hasta que sintió que mi glande tocaba algo un poco más duro. No podía más. Me miró, con los párpados caídos, y mientras colocaba sus tobillos en mi espalda, me susurró:

-Métela toda, Bob.

La saqué un poco para tomar impulso y se la clavé de una sola embestida.

-Aaaaaayyyyyy…

Se la clavé bien hondo a pesar de los ruegos. Diablos, cómo le latía todo ahí adentro. Con sus manos trataba de apartarme, empujando y presionando mis muslos, pero yo la tenía bien sujeta por la cintura.

-Sácala, por favooor… me haces daño, dañooo…

-Eso, eso, Ivonne, grita. Grita putita, así me calientas aún más.

Y comencé a follarla normalmente. A veces tres embestidas rápidas y luego una más lenta, cinco rápidas, dos, cuatro, seis clavadas fenomenales en las que mis testículos golpeaban deliciosamente la parte inferior de su cuca, y luego dos lentas, como para que sus labios vaginales se acostumbraran a la anchura de mi pija. Qué rico era meterlo y sacarlo de una concha virgen, así, bien duro. Pronto Ivonne se quedó mansita, gritando pero de gozo, chupándome el lóbulo de la oreja y pasándome la lengua por la boca:

-Sigue, sigue, sigue, ay, ay, ay… Dale, mi amor, no pares, soy tuya, ay, ay, qué paloma deliciosa, que pinga divina…

Miré de reojo el edredón, justo debajo del culo de Ivonne. Había una gran mancha de jugos y un poco de sangre. Nada grave, por peores situaciones he pasado. Seguí haciéndole el amor a un ritmo regular. A ratos le chupaba los pezones, se los pellizcaba con delicadeza. La chica se estaba portando bien, abriendo las piernas y contrayendo el coño. Lo mejor de follarte a una virgen es la manera en que su vagina te absorbe y te aprieta la verga. Eso hacía la conchita de Ivonne, me succionaba el pene como si se tratara de una boca, y era tal la presión interior que tuve que detenerme un momento para no romper mi promesa de no venirme dentro.

-Date vuelta, Ivonne.

La muchachita estaba tan caliente que me hizo caso de inmediato. Le agaché la cabeza hacia la almohada y desde la cintura le levanté el trasero. Ah, espléndido, tal como lo imaginaba. Uno de los mejores culitos que había visto en mi vida. Pero no me atreví a metérselo por el culo, sería demasiado dolor para un solo día, y comencé a darle de nalgadas, despacio. A Ivonne parecía gustarle, se reía y me acariciaba los testículos por debajo.

-¿Quieres tenerla dentro otra vez?

-Sí, dámelaaa... Por favor, hazme sentir tu palomaaa...

Se la encajé muy fuerte. Aún su vagina estaba delicada y gritó. Con cada grito aumentaban mis ganas de darle de nalgadas, aunque despacio, con cariño, con el único propósito de ver cómo ese enorme trasero se movía al ritmo de mis embestidas. Fue un mete y saca fenomenal, durante unos diez o quince minutos, hasta que ella se calló. Fue extraño, se quedó callada de repente, como si le hubieran tapado la boca. Era imposible que no sintiera el grosor de mi pene, pero por las dudas le abrí las nalgas y se lo comencé a ensartar más rápido, más rápido, cada vez más rápido, hasta que sentí en la punta de la verga una presión como un dique a punto de romperse.

Y se corrió. Se corrió delicioso. El punto G estimulado al máximo. La primera gran corrida de su vida. Me chorreó el pubis, la pinga, los huevos. Manchó gran parte del edredón y los osos de peluche. Se mojó toda ella, los muslos, las pantorrillas, los pies, sus enormes nalgas. Estaba excitadísimo y sabía que no tardaría mucho en venirme yo también, así que le enderecé el trasero y le busqué la entrada, para seguir follándola un rato más. Ahora sí Ivonne gritaba, gritaba como una puta, como si nadie pudiese oírnos, y sus gritos no hacían otra cosa que apurar la salida del semen.

-Me voy a correr, Ivonne. Rápido, ¿dónde lo quieres?

-Donde tú prefieras.

Y me vine sobre sus nalgas, me vine con unos chorros magistrales, inagotables, tan fuertes que llegaron a mancharle el pelo y la espalda. Hubiese querido que la leche le quedara dentro del coño, pero no podía tenerlo todo en la vida. Al final le pedí que me diera una mamada suave, para limpiar los restos de semen.

En eso estábamos, ensimismados, cuando sentimos que alguien abría la puerta. Su madre vio a Ivonne con mi pene dentro de la boca y su cama mojadísima. Tomé mi ropa, que había dejado hecha bulto en una silla –Marta, la española, me enseñó a ser precavido– y salí como pude de esa casa.

Escuché gritos y bofetadas en la habitación de Ivonne. Por mi parte, nunca más volví a Las Acacias.



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