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PLACER EN LAS PENUMBRAS

Sola en mi cuarto, mirando por la ventana, la gran ciudad. Pienso. Es real lo que viví?

Hace 3 meses, vine a vivir con mi hijito Matías, a este pequeño pero hermoso departamento.

Fue lo único que pude adquirir, luego de mucha búsqueda. Mi presupuesto, no daba para lo que deseaba.

Mudar, de un pequeño pueblo a la gran Ciudad, ya daba temor. Criar a mi hijo de 5 años, entre gente amiga, sin pensar en el tráfico ni otros potenciales riesgos, era muy distinto.

Había terminado mis estudios de Ingeniería, con mucho sacrificio. Pero, al fin, progresaría. Había conseguido un trabajo en mi especialidad y bien pago. Todo lo justificaba. Especialmente porque, estaba superando el duelo, por la muerte de mi marido. A mis 31 años, comenzaba a pensar, en rehacer mi vida. Tres años de llanto, de recuerdos, eran suficientes. Se lo debía a Matías. Tenía que reaccionar y lo hice.

Nos instalamos un sábado. Superada la mudanza, estudié nuestro departamento. Creí enloquecer. No se podían abrir las ventanas, sin sentir que, el enorme edificio de enfrente, se nos venía encima. Era verano. No podía comprar aire acondicionado y el ventilador, sólo removía el calor interno. Pero además, desde el primer día, presentí que era observada. Me llamé paranoica.

Después de todo, era eso lo que yo hacía.

Por las noches, a través de la persiana, espiaba a mis nuevos vecinos. Había parejas, mayores y jóvenes, incluso una gay. También, dos hombres. Uno, de unos 50 años, solo, que llevaba cada tanto, alguna mujer. El otro, más joven, que pasaba las noches estudiando. En fin, una vasta colección de distintos ejemplares.

Me adapté a la rutina diaria y posible. Llevaba a Matías al jardín de infantes y de allí al trabajo. Salía, lo pasaba a buscar y al departamento. El dinero, todavía no daba para mucho más. Una noche, hacía un calor insoportable. Estaba en el comedor y mi hijo, no podía dormir.

Decidí subir las persianas para que, el poco viento que corría, renovara el ambiente.

Vestía una bombacha y remera roja, que apenas soportaba. Siempre me jacté de tener muy buen cuerpo. Por añadidura, alta, de cabello lacio negro y ojos verdes oscuros. No soy orgullosa, pero me sabía muy atractiva.

Pasado el duelo y un momentáneo descuido, volví a la dieta y la gimnasia. En poco tiempo, recobré mi esplendor, que era motivo de admiración en mi pueblo.

Me asomé a la ventana, para aspirar el aire y sentir como el viento movía mi cabellera. Nuevamente, me acometió la conocida sensación. Me observaban, estaba segura, mi sexto sentido me lo decía Quien sería? Volví al interior, estaba turbada.

Me senté a leer una revista de modas. Miré de reojo hacia la ventana. Enfrente, casi todas las persianas estaban levantadas, excepto las que tenían equipos de aire acondicionado. No vi a nadie, observándome. Sin embargo, estaba segura que alguien lo hacía. Recuerdo que era jueves. Había salido contenta del trabajo, pues estaba superando el desafío de relacionarme, tras un prolongado ostracismo. Trabé amistad con Marta, una compañera casada con tres hijos.

Como de costumbre, retiré a mi hijo del Jardincito, fuimos a hacer unas compras y a casa.

Bañé a Matías, que estuvo casi una hora, disfrutando del agua fresca. Hacía calor, más que la noche anterior. Creo, que fue el día más caluroso de ese verano. Me bañé, preparé la cena y lo acosté temprano. Enseguida se quedó dormido.

Me saqué el pantalón, quedando con la bombachita blanca con voladitos y la remerita roja corta que usaba de entrecasa. Mientras más me convencía que me miraban, mis pensamientos volaron hacia mi difunto marido. Cómo gustaba él, de la ropa interior insinuante!!!!!!. Extrañaba a Diego. Mi amor, me dije, con vos todo sería diferente. Por qué no me hiciste caso, cuando te dije que viajaras otro día? Había mucha niebla. Viajaste igual y ahora...... Sola con nuestro hijo, en medio de este infierno, sin vos.... Me dormí sentada y con las ventanas abiertas.

Ese fin de semana, vinieron el electricista, el plomero y el encargado. Estuvieron casi todo el sábado, haciendo arreglos. Llevé a mi hijo a una placita cercana, para alejarnos del polvillo y el ruido, pero el calor era intenso, no corría aire y regresamos temprano.

Y así llegó el lunes. Alrededor de las 22y30 horas, miraba televisión, cuando sonó el teléfono.

Contesté y....
- Hola Giselle –
- Quien habla? –
- No importa. Sos preciosa mamita, me tenés loco. Esa bombachita negra, que se mete en tu culito divino, me fascina pero, la blanca del otro día, me gusta más, ponétela.

Corté temblando. Me levanté volando y bajé la persiana. Acababa de confirmar que me miraban. Pero mi inquietud se acrecentaba. No sabía quién era. En cambio él, sabía mi teléfono y como me llamaba.

Esa noche no dormí. Dejé baja la persiana y traspiré a mares, más por nervios que por calor.

Al otro día, conté a Marta lo ocurrido. Antes que terminara, dijo:
– Tenés que hacer la denuncia a la policía. Puede ser un loco y vaya a saber, que puede llegar a hacer. Hacelo por vos y Matías.

Así lo hice, antes de buscar a mi hijo. El oficial que me atendió, me miraba fastidioso. Secándose con un pañuelo la frente, me dijo:

- Señora, por lo que me dijo, no hubo amenazas. Tampoco sería útil, ni obtendríamos, una orden de allanamiento, para todos los departamentos del edificio de enfrente, especialmente cuándo no contamos con ninguna identificación del individuo. Más bien, me atrevo a sugerirle, se abstenga de andar en ropa interior. Con seguridad, se trata de algún voyerista que, al verla, se excitó. No deja de ser extraño que sepa su nombre y teléfono, pero estos cretinos, se las saben todas. Hasta es posible que ya conociera a los antiguos ocupantes de su actual vivienda. No creo que pase de los llamados para masturbarse, oyéndola o espiándola. De todos modos, ante cualquier novedad, me avisa. Hágame caso y creo que todo marchará bien.

Salí consternada. Ni siquiera podía estar cómoda en mi casa, debía tolerar el calor sofocante o mantener bajas las persianas, que era lo mismo. Retiré a mi hijo y a casa.

Intenté dejar las persianas bajas, pero el departamento parecía arder, pese al ventilador apuntándome directamente. Y mi hijo, sufría aún más.

Levanté la persiana. Me quedé parada, mirando el edificio de enfrente, aparentando seguridad.

Acababa de prender un cigarrillo y sentarme cuando ....... el teléfono sonó.
- Giselle, con tanto calor y tan vestida!!!!!. No te traspira la vaginita?...Hummmm.., creo que sí. Lo mejor en estas noches, es estar lo más livianita posible. Por qué no te ponés la bombachita y esa remerita ajustada, que tanto me gustan y volvés al comedor? Iba a cortar, pero decidí confrontarlo. Tal vez le sacara información o lograra asustarlo.

- Ya te denuncié a la policía degenerado - dije -. Cortala con tu jueguito, porque vas a ir preso.
- Vas a pedirme por favor, que vaya y te coja. Ya vas a ver. Y cortó.
Volví a la ventana. Inexplicablemente, no tenía miedo. Algo había sucedido, no sabía qué. La mayoría de las ventanas del edificio de enfrente, permanecían abiertas.

Todo muy cotidiano. Una pareja cenando, un viejo mirando televisión en la cama, una anciana dormida con la luz encendida, chicos con la computadora, el estudiante nocturno.

Cinco persianas bajas, pero podían verme a través de las hendijas. La noche siguiente, abrí todas las persianas, menos la de Matías. Me bañé tarde y me senté en el comedor, a mirar televisión.

Me sentía incómoda por el calor. En un verdadero gesto desafiante, decidí cambiarme. Me saqué el pantalón, me puse la bombacha blanca, sin corpiño, un desabillé blanco transparente de la época de Diego y volví al comedor. Encendí un cigarrillo y me quedé un rato parada frente a la ventana. Como a las 23.10 hs., - miré el reloj -, sonó el teléfono.

- Giselle, me calentás mucho, nena. Te quiero comer. Te deseo, mi amor …
- Sos un pajero miserable. Por qué no dejás de masturbarte y te vas a dormir?. Me tenés harta. La vas a pasar mal. Dejame de molestar. Me das lástima…
- Podés tener razón, mi amor. Sin embargo, estás con la bombachita que me gusta y provocándome. Mi vida, de vos depende que me deje de pajear.
- Qué querés hijo de puta?
- Qué pregunta corazón!!!. Jugar a las escondidas, jajaja !!!
- Quién sos, aparte de un enfermo?.
- Soy. Soy tu amante. El que te va a hacer gozar y doler. Algo que sé que desconoces, mi amor.
- Chau basura.
- Hasta pronto, linda. Dulces sueñitos….
Quedé nerviosa, pero sin miedo. Volví a la ventana y me expuse. Entonces, comprendí que estaba cayendo en el jueguito y lo peor....que me estaba gustando y......calentando.

La noche siguiente, miércoles, eran las 23y45 hs. y.......nada. Me saqué el desabillé y me quedé sólo con la bombacha.

Fumé un cigarrillo, frente a la ventana y la bajé cuando vi que miraban el viejo y el matrimonio. El teléfono no sonó. Jueves, nada. Sólo rutina.

Viernes, 23 horas exactas. Volé al teléfono, cuando escuché al primer ring.

- Me extrañaste?
- Que lástima. Pensé que estabas detenido.
- Para estar detenido, tendrías que haber hecho una nueva denuncia. Pero no la hiciste.
- Y entonces, por qué no llamaste?
- Yo hago las preguntas. Mañana a la noche, dejá al nene en algún lado. Esperame, en tu habitación, con la persiana bien abierta, pero a oscuras.
- Qué te pasa infeliz?. Estás loco!!!???? - No te preocupes por la llave, yo abro.
- Te voy a destruir…. Enfermo.
- Cogiendo, te voy a destruir yo, mi amor. Te imaginás con el culito inflamado, por unos días.?
- No tengo con quien dejar a mi hijo . Hace poco vinimos del interior.
- Cerrá la puerta de su cuarto y poné música. Duerme como un tronco, el gordito lindo. No se va a enterar que pasó. Y cortó.

Me acosté, pero no podía conciliar el sueño. Sufría una extraña mezcla de temor y ansiedad. Nuevamente me pregunté quién sería. Traté de imaginarlo. Daba vueltas, pensaba y me sentí terriblemente excitada.

Cómo podía un desconocido ponerme así?. Tendría que estar aterrorizada, esperando lo peor, de un tipo que imponía, insultaba y hasta decía poder entrar a mi departamento, cuando quisiera..

Sin embargo estaba esperando esa noche.

El sueño me venció. Tenía la presión por el piso y hasta mareos sentía, cuando me levanté para ir al baño.

Llegó el sábado. Me levanté tarde. Matías estaba sentado en la cama. Por dentro, estaba eléctrica. Me hacía mil preguntas y me las respondía.

Cómo haría para que Matías se durmiera más temprano que de costumbre?. Ya sé. Lo voy a llevar a la placita. Seguramente, los juegos lo van a cansar. No tengo dudas que va a caer rendido.

A media tarde, lo llevé. Efectivamente, Matías consiguió hacerse amigos de otros chicos y jugó al fútbol.

Cuando mostró signos de cansancio, tuve que sacarme de encima, muy diplomáticamente, al padre de uno de los chicos que estaba tratando de seducirme.

Lo llevé a cenar, a una casa de comidas rápidas. Saboreamos hamburguesas con papas y gaseosas y emprendimos el regreso a casa.

Mientras lo bañaba, se dormía. Lo llevé alzado a su cama. Busqué música lenta en el equipo de audio y cerré la puerta. Eran las 21 horas, según vi en la televisión y me fui a bañar.

Me puse la bombacha blanca, con voladitos, sin corpiño y un desabillé corto negro.

Prendí un cigarrillo, miré la hora. Las 22y20. Tenía miedo, pero de otro tipo, el deseo se imponía.

Apagué la luz del comedor y fui a mi cuarto.

Dejé la puerta abierta y me acosté con el ventilador apuntándome.

Dejé la luz del velador encendida, desoyendo lo que me había dicho. Quería verlo.

Encendí otro cigarrillo. Por la ansiedad, fumaba más que de costumbre.

Entonces, tuve un vuelco al corazón: Sentí abrirse la puerta de calle. Su leve chillido, era como un aviso.

Se cerró. Me senté en la cama. Se cortó la luz. Hasta el reloj despertador, dejó de funcionar.

El cretino, había cerrado la llave general, desde la cocina.

Cómo sabía todo?. Quién era?. No se veía mucho, a pesar que entraba luz de afuera. La cortina impedía una regular visión siquiera.

Sentí pasos. Se detuvieron en la puerta. Vislumbré una figura borrosa. No se movía.

Empecé a temblar, no se si de miedo, excitación, nervios o qué, pero temblaba. De pronto, avanzó hasta los pies de la cama. Se quedó allí un momento.

Luego, continuó hacia la ventana y como provocando que intentara verlo a trasluz, sentí que me miraba fijamente. Tenía una silueta atlética. Parecía corpulento, alto y muy erguido.

Así, cerca pero no tanto, me di cuenta que se estaba desvistiendo. Lo hacía en forma deliberadamente parsimoniosa. Me provocaba y excitaba. Por fin, se acostó a mi lado.

Una mano, se apoyó en mi espalda y me empujó hacia él.

Me comenzó a besar, apretujando mis labios. Su lengua, se introdujo en mi boca y la recorrió toda.

Desgarró el desabillé y agarró la bombacha de un borde, tirando para arriba, hasta meterla dentro de la vagina y el culo. Me provocó tal sensación, que lo aferré del cuello y lo besé.

Estaba siendo brusco, pero yo estaba muy caliente como para decírselo. Tiraba cada vez más fuerte de la tanga. Me dolía y se lo dije, me contestó con voz ronca, fingiendo la propia, seguro: - Nena, esto no va a ser una novelita de esas que veías en tu pueblo. Es muy temprano para que te empieces a quejar. Goza.

Antes que reaccionara, tomó mi bombacha de un extremo y la rompió, luego del otro y la arrancó.

Comenzó a pasar el dedo, por el agujero de mi culo, a la vez que sentí su boca en mi pezón.

Chupaba y estiraba mi pezón como si quisiera arrancármelo. Gemí y lo tomé de la cabeza.

Tenía el cabello corto. Lo apreté contra mi. Grité, cuando un dedo se introdujo en mi culo. Recordé a mi hijo, que podría escuchar y me mordí los labios, aguantando al dedo que escarbaba todo dentro mío.

Comenzó a meter y sacar el dedo cada vez más rápido. Simultáneamente, mordía mi pezón. Dije:

– Despacio por favor, duele.
– No. Escuché por toda respuesta Estuvo así, lo suficiente para hacerme mojar.
Gemí. Ahora, su mano pasó a mi vagina, lubricada con mi flujo. Introdujo dos dedos en ella, a la par que me besaba en la boca. Me quejé, me dolía.
Él nada, seguía.
Llevó mi mano a su pene. Lo agarré como a una manija. Mis dedos casi no se encontraban, era muy grueso. Y largo. Me preocupé, pero su destreza para excitarme, esfumó toda inquietud. Sus dedos hacían estragos en mi sensible clítoris. Gemía y gemía. Y nuevo orgasmo.

Sin que me lo pidiera , besaba su cuerpo velludo, a medida que bajaba, para poner en mi boca ese enorme aparato.

Llegué. Besé su cabezota. Luchaba, abriendo mi boca hasta dolerme las comisuras, para tratar de introducírmela. Tomó mi cabeza con ambas manos y tironeó violentamente mis cabellos, para ensartármela mejor.

Se lo chupé hasta sentirlo como una roca. Me insultaba.

- Sos mi putita. Te voy a romper toda, nena. Después de comerte mi pija, ninguna te parecerá buena.
Me acomodó en la cama, boca arriba, se subió encima. Era pesado. Me mordió la boca, mientras el enorme aparato, guiado por su mano, tocaba los labios de mi vagina.

Cerré los ojos, le acariciaba la espalda. Pujó despacio. Comenzó la penetración. Me dolía. Imposibilitada de gritar por Matías, le clavé las uñas en la espalda. Me dijo:

– Flojita, mi amor. Estás muy tensa y es peor.
Empujó más y venció la resistencia de mi vagina que, a duras penas, aguantaba tremenda cosa adentro. Le clavé más las uñas, sufría. Mis labios empezaron a sangrar, de tanto morderlos. No aguanté más y grité. Aprovechó y clavó profundamente, la gorda pija dentro.

Me dolía. Estaba al límite y dije:
- Me haces daño, no entra más, sacala por favor.
Nuevamente, la respuesta fue: No.
La clavó toda en mi pobre vagina. La dejó así, un rato, disfrutando mis movimientos para sacarla de allí. Ignorando mi malestar, comenzó a bombearme. Con fuerza y mayor intensidad, cada vez, hasta que mi vagina, se adaptó a su bestia. Aflojé la espalda y comencé a lanzar inaudibles aullidos de placer, en cada embate. Lo acompañaba subiendo y bajando mi cadera.

Sentía punzadas, me asfixiaba con eso dentro mío, pero lo apretaba contra mí. Apretaba mis nalgas, para sentirlo más y mejor.

De pronto, borbollones de semen caliente dentro mío, mientras me besaba en la boca. Casi al mismo tiempo acabé también, como no recuerdo haberlo hecho.

Se acostó a mi lado. Me acariciaba las mejillas. Estaba dolorida, pero seguía excitada.

Agarré su grueso tronco que, para mi sorpresa, seguía tan duro como antes de acabar.

Volvió a hablar y dijo:
– Estás hirviendo, mi amor. Hagamos la del perrito, en los pies de la cama, que te voy a dar para que te calmes.
Sin esperar un segundo, me posicioné. Él, se puso de pie, detrás mío. Me chupó la concha y el agujero del culo, hasta hacerme enloquecer de deseo. Entonces, apoyó la erecta cabezota en mi culo. La tomé con la mano, para llevarla a la vagina, pero me detuvo, mientras decía:

- No mi vida. Por ese agujerito, no. Esta vez, va por el otro.
No pude oponerme. Su enorme pija, ya pujaba en mi cerrado culo, buscando abrirse paso.

Imploré. Le rogué que no. Que por ahí no. Que no iba a entrar. Que me destrozaría Me retorcí.

Nuevamente, sólo respondió: - No. Comenzó a penetrar y yo creí morir. Intenté separarlo, apoyando una mano en su pierna, pero empujó más.

Saqué las sábanas de un tirón, soportando el dolor. Grité. No aguantaba. Le pedí que la sacara.
– No. – El mismo monosílabo, que ahora se tornaba insoportable escuchar. Embistió con más fuerza. Sobrevinieron ahogo, tos, llanto, todo. Nada lo detenía. Debió meterla toda, porque paró y, en medio de mis espasmos, susurró en mi oído:

- Floja. Floja. Ya está. Dejá que tu orto se adapte y gozá.
No estaba gozando, sufría y mucho. Comenzó el movimiento y mi culo pareció partirse.
Otra vez, llanto, tos. Ganas de evacuar, dolor, mucho dolor.
Ahora bombeaba con todo, con energía. Parecía una eternidad, no tener fin. Con todo, comencé lentamente a moverme. No se si de gozo o para que acabe rápido.

De nuevo el semen me invadió. La sacó y respiré.
Apenas me dio tiempo, para recuperarme y volvió a la carga. Me besó y pidió me subiera encima suyo.

Dolorida y quejándome, lo hice. Estaba como hipnotizada.

Con esfuerzo, me introduje la pija por delante y superando el dolor inicial, lo cabalgué.

La tenía parada y dura, como si nada hubiera hecho esa noche. Lo cabalgaba y me inclinaba para besarlo.

Acabé, acabó. Apenas reposó un momento y como ya amanecía, se comenzó a vestir.

Desde la cama dije :
- Quién sos? Quiero verte.
Besándome en la mejilla, respondió: -
No. Y se marchó.
Me dormí, hasta que me despertó Matías, diciéndome que había sentido ruidos en la noche y preguntando que había ocurrido. No tenía respuestas ni para él ni para mí. Me limité a decir: -Nada hijo, nada.

Miro por la ventana, prendo un cigarrillo. Sí, es real lo que me pasó No volví a saber nada de él.
Suena el teléfono.............será?

MARCEL MILORD
Milord148@hotmail.com




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