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Fantasias (1.3 Un Macho muy Importante)

1.3 Un Macho muy Importante

Cualquier duda, sugerencia o comentario pueden escribirme a leopoldo_relatos80@yahoo.com.mx y yo con gusto les responderé, además disfruto mucho recibir mails de mis lectores. Ojalá disfruten el segundo capítulo de esta larga serie de fantasías.

I
Otro día más había sido diferente para mí. Mis más íntimas fantasías se estaban se estaban cumpliendo de un modo muy morboso. Digo, desde secundaria había visto al Santiago Mijares y había pasado tardes interminables con masturbaciones y fantasías; y ahora poder cumplirlas era orgásmico. Tal vez la relación amo y esclavo era muy enfermiza, pero era necesaria si quería coger con él.

El día siguiente transcurrió de forma normal, y yo estaba esperando otra aventura sexual (a pesar que mi culo ya estuviera harto de tanta verga y me lo recordó anoche con el dolor,). Mi excitación era grande. Tal y como sucede en la vida, pues es la ley que se nos ha dictado desde el más allá, los segundos se iban haciendo más lentos. La hora del recreo se estaba prolongando aún más. Inevitablemente llegaría la hora, y después de mucho llegó por fin. Por el salón que había sido testigo de dos encuentros sexuales se dejó oír la campana de la escuela.

Recreo.
Sexo.
El Momento que estaba esperando.

Todos salieron como siempre y me percaté que otro de los amigos de mi amo estaba presente. Joaquín Collado se llamaba. Se expresión era seria, como si estuviera de muy mal humor. Santiago se acercó a mí por detrás y recargó su barbilla en mi hombro mientras veía a Collado.

“¿No te gusta nuestro nuevo invitado?
Es el más difícil de complacer, por lo menos de nuestra generación. Creo que estás preparado para intentarlo.”
“¿Quieres decir que hay más en otras generaciones?”
“En todas las que ha tenido esta escuela.”
“Se van a quedar hablando de ahí de pura pendejada o van a venir a recibir órdenes”, exclamó Collado.
“Le debo un favor y debo ser su esclavo durante un encuentro”, aclaró Santiago.

Vaya, esto me tomó por sorpresa porque yo pensaba que Santiago era el jefe de todo ese club extraño, como ellos mismo se denominan. Me acerqué a Collado para acariciarlo, pero hizo un gesto despectivo y me empujó. Intenté besarlo obteniendo el mismo resultado. “Yo no soy de esos. Yo cogo por el puro placer de coger. Ni me gustas ni me vas a gustar. Mucho menos tu pinche amo. Además se ve que no te han enseñado a que no debes actuar hasta no recibir órdenes. Muy mal Santiago, eres una mala puta.”

“Soy una mala puta”, repitió.
“Sí, eso eres y me da gusto que lo reconozcas. Hoy tengo planes muy especiales para ustedes, así que les voy a pedir que se desvistan por completo. Nada de tangas, ni bóxers ni calzones. Como Dios los trajo el mundo. No, mejor aún. Desvístanse uno al otro. Acariciense que los quiero ver bien excitados.”

¿Cómo no nos íbamos a excitar con nuestras caricias? Hasta la orden ofende. Todo se convirtió en una lucha caliente por quitarnos la ropa. Yo le arrancaba el saco y la camisa, mientras él me intentaba quitarme los pantalones. Nos deseábamos uno al otro y entre sonrisas, besos y caricias comprobamos esa excitación. Pronto lo único que quedó fue sólo piel y nuestras vergas quedaron paradas, en saludo al nuevo macho. De cierta forma intentábamos respetar su autoridad; digo de cierta forma porque estoy seguro que Santiago, como yo, se burlaba de Collado de cierta forma.

El nuevo macho silbó esbozando una sonrisa.
“Si tienen buenos cuerpos y yo los sabré utilizar. Tú te vas a acostar sobre el escritorio del profesor”, dijo dirigiéndose a mí. Lo obedecí. Luego dejó caer el saco al suelo, se aflojó la corbata y se quitó su camisa. Sus pectorales empezaban a desarrollarse, y su abdomen se mostraba marcado. Se acercó a mí, me levantó las piernas y ordenó a Santiago lamerme el culo. Lo hizo y me relajó.

“A un lado, wey. Esta puta es mía”, dijo Collado empujando a mi amo para darme una tarascada penetradora que me partió en dos. Aún tenía sus pantalones puestos. Su pene era de 21 cm y mucho más gruesa que la de Xavier o la de Santiago. Algo a lo que mi culo no estaba acostumbrado. Tengo que aceptar que sus movimientos también eran muy rápidos. Metía y sacaba con una rapidez asombrosa entre jadeos y gemidos.

“Sí, tu culo apretadito va a hacer que me corra. Ahh. ¿Esto es lo que quieres puta?”
“Eso quiero, cógeme sin piedad para que me demuestres que eres un hombre de verdad.”, contesté yo.

En ese momento, mientras sentía el pedazo de carne del perfecto ejemplar de hombre entrando y saliendo de mi cuerpo, Santiago estaba hambriento de participar en nuestro encuentro. ¿Qué podía hacer? Acercó su cabeza hacía mi pecho para besarlo. Bajó hasta mi abdomen, limpiándome cuidadosamente su ombligo con mi lengua.

“Ahhh, mama el pene de este esclavo. Hazlo, Santiago.”

No hubo contestación de mi amo, sólo acató las órdenes. Al siguiente segundo estaba en engullendo mi verga, haciendo sonidos con su garganta para mostrar que le gustaba. Collado puso su mano sobre su cabeza para subirla y bajarla a voluntad. La suya, la mía la había perdido días atrás.

Como es evidente, Joaquín Collado vacío todos sus huevos en mis entrañas con trallazo de leche que me inundaron hasta el alma. No habíamos terminado. “La apuesta terminó y vuelves a estar sobre mí. Al piso y a mamar.”

“Sí, amo”, respondió Collado con un cambio de actitud tan repentino que me asombró.

Pronto estaba en cuclillas haciendo lo que Santiago Mijares me estaba haciendo a mí. Una buena y rica mamada. Por fin no pude aguantar tanta excitación y me corrí en su boca. Que en medio de un beso me regaló mi propia lecha. Era enfermo y asqueroso, pero en medio de la excitación es lo último que se piensa. Luego mi amo se corrió.

Nos levantamos y nos quedamos viendo los tres. Santiago estaba muy enojado. La sangre hervía por su rostro colérico.

“Vístelo”, me dijo con una voy de trueno que hizo eco en el salón.

Lo único que hice fue ponerle la camisa y abotonarla mientras acariciaba su abdomen duro. Le puse la corbata y después el saco.

“Ahora vísteme a mí”

Recogí sus bóxers sudados y sus calcetines, que embonaron perfectamente en el cuerpo musculoso. Luego los pantalones y su cinturón, la camisa y la corbata. Lo fajé y le puse su saco.

“Muy bien, esclavo. Ahora déjanos que él y yo tenemos algo muy serio que discutir.”

Así lo hice, sin darme cuenta, al dejar el salón, que detrás de la columna se escondía el fisgón que lo había observado todo y se dirigía a una oficina para masturbarse.

II
El sexo continuó por varias semanas con los mismos tres hombres, siempre estábamos Santiago, uno de sus amigos y yo. Nunca todos juntos, pero eso estaba por cambiar. Un día fui ordenado a asistir un fin de semana completo a casa de Santiago Mijares. Una historia de sexo, sudor y leche que contaré después.



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